viernes, 2 de diciembre de 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

El hada del nombre impronunciable


Las Gwragedd Annwn
del libro: Hadas (Montena)

En otros tiempos, todas las mañanas del día de Año Nuevo, podía verse una puerta abierta en una roca próxima a un lago de Gales y los que se atrevían a entrar llegaban a un pasadizo secreto que les conducía a una isla pequeña situada en medio del lago. Allí se encontraban en un primoroso jardín habitado por las Gwragged Annwn, que festejaban a sus huéspedes colmándolos de frutas y flores y deleitándoles con una preciosa música. Las hadas revelaban a sus visitantes asombrosos secretos y les invitaban a permanecer allí todo el tiempo que deseasen. Ahora bien, les advertían de que la isla era un secreto y de que nada podía sacarse de ella.
Sucedió un día que un visitante del mágico jardín se guardó en el bolsillo una flor que le habían ofrecido, pensando que le daría suerte. Pero en el momento en que tocó de nuevo la tierra "profanada", desapareció la flor y él cayó al suelo inconsciente. A los demás huéspedes de la tierra encantada, los despidieron con la habitual cortesía, pero desde aquel día la puerta que llevaba al hermoso jardín se cerró para siempre.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Egidio, cuarta parte: Un dragón de verdad


Egidio, el granjero de Ham
CUARTA PARTE

Egidio disfrutó mucho con el giro que habían tomado los acontecimientos. También su perro. Nunca recibió el vapuleo prometido. Egidio era un hombre justo para sus luces, y en su interior concedía una buena parte del mérito a Garm, aunque jamás llegara a confesarlo. Siguió lanzándole denuestos y objetos contundentes cuando le venía en gana, pero hacía la vista gorda a muchas de sus pequeñas correrías. A Garm se le había dado por hacer largos paseos. El granjero comenzó a pisar fuerte y la suerte le sonrió. En el otoño y primeros días del invierno el trabajo marchó bien. Todo parecía ir viento en popa..., hasta que llegó el dragón.
En aquellos días los dragones comenzaban a escasear en la isla. Hacía muchos años que no se había visto ninguno en las zonas habitadas del reino de Augustus Bonifacius. Estaban, claro, las ignotas comarcas fronterizas y las montañas despobladas hacia el norte y el oeste, pero quedaban muy distantes. Allí había morado en otro tiempo cierto número de dragones de una u otra especie, que habían llevado a cabo profundas y extensas incursiones. Pero entonces el Reino Medio era famoso por el arrojo de los caballeros de su corte, y fueron tantos los dragones errantes a los que dieron muerte, o que huyeron con graves heridas, que los demás cesaron de merodear por aquellas rutas.
Todavía se conservaba la costumbre de servir al rey Cola de Dragón en el banquete de Navidad, y cada año se elegía un caballero que se encargaba de la caza. Debía salir el día de Son Nicolás y regresar con una cola de dragón antes de la víspera de la celebración. Pero hacía ya muchos años que el cocinero real venía preparando un plato exquisito: una imitación de cola de dragón, hecha de hojaldre y pasta de almendras, con escamas bien simulados de azúcar glaseado. El caballero elegido la presentaba luego en el salón de! banquete, en Nochebuena, mientras tocaban los violines y sonaban las trompetas. La cola se servía como postre el día de Navidad, y todo el mundo comentaba (para complacer al cocinero) que sabía mucho mejor que la auténtica.
Así estaban las cosas, cuando hizo su aparición un dragón de verdad. Casi toda la culpa era del gigante. Después de la aventura tomó por costumbre recorrer la Montaña visitando a sus desperdigados parientes con mayor frecuencia de lo habitual, y mucha más de la que ellos apetecían. Porque siempre andaba buscando que le prestasen una olla grande de cobre. Pero lo consiguiese o no, acostumbraba a sentarse y perorar en su cansino y pesado estilo sobre el excelente país que quedaba a cierta distancia al oriente y todas las maravillas del Ancho Mundo. Se le había metido en la cabeza que era un magnífico y osado explorador.
«Preciosas tierras», solía decir, «totalmente llanas, de suave andadura, y llenas de alimentos al alcance de la mano: ya sabéis, vacas y ovejas por todos los sitios, que te dan al ojo si no estás ciego».
«Y ¿cómo es la gente?», le preguntaban.
«Nunca vi a nadie», decía, «No vi ni oí a caballero alguno, muchachos. Lo peor son las picaduras de los insectos junto al río.»
«¿Y por qué no vuelves y te quedas allí?», le dijeron. «¡Ah, bueno!, dicen que no hay nada como el hogar. Pero quizá vuelva algún día, si me da por ahí. En cualquier caso ya estuve una vez, que es más de lo que la mayoría puede decir. Y en cuanto a la olla... »
'«Y esas tierras tan ricas», se apresuraban a interrumpirle, «esas apetitosas regiones, llenas de un ganado que nadie vigila, ¿hacia dónde caen?, ¿a qué distancia?»
« ¡Oh! », contestaba, «allá por el este o sudeste. Pero es un largo camino». Y añadía una relación tan exagerada de la distancia que había recorrido, de los bosques, colinas y llanuras que había cruzado que ninguno de los otros gigantes de menor zancada se decidió nunca a emprender el viaje. A pesar de lo cual las habladurías se siguieron propalando.
Al cálido verano sucedió un invierno duro. En la Montaña el frío era gélido y escaseaba la comida. Los comentarios aumentaron. Se volvía una y otra vez sobre las ovejas de las tierras llanas y las vacas de los pastos bajos. Los dragones estiraban las orejas. Estaban hambrientos, y aquellos rumores resultaban atrayentes.
«¿Así que los caballeros son un mito?», decían los dragones más jóvenes y de menor experiencia. «Siempre nos lo pareció.»
«Al menos deben de haber empezado a escasear», pensaron los más ancianos y sabios de la especie; «están lejos y son pocos, y ya no representan ningún peligro».
Uno de los dragones se sintió profundamente interesado. Su nombre era Crisófilax Dives, pues era de linaje antiguo e imperial, y muy rico. Era astuto, inquisitivo, ambicioso y bien armado, aunque no temerario en exceso. Pero en cualquier caso no sentía ningún temor de moscas e insectos, cualquiera que fuese su clase o tamaño, y tenía un hambre de muerte.
De modo que un día de invierno, más o menos una semana antes de Navidad, Crisófilax desplegó sus alas y partió. Aterrizó con sigilo a media noche, justo en el corazón de los dominios de Augustus Bonifacíus rex et basileus. En poco tiempo causó grandes daños: destrozó, quemó y devoró ovejas, reses y caballos.
Todo esto ocurría en una región alejada de Ham. Lo que no fue obstáculo para que Garm se llevara el mayor susto de su vida. Había emprendido una larga expedición y, aprovechándose de la buena disposición de su amo, se había aventurado a pasar una noche o dos lejos de casa. Estaba enfrascado siguiendo un rastro en la espesura del bosque cuando a la vuelta de un recodo percibió de súbito un nuevo y alarmante olor. Se topó, tropezó en realidad, con la cola de Crisófilax Dives, que acababa de aterrizar. Nunca un perro giró sobre su rabo y salió disparado hacia casa con mayor celeridad que Garm. El dragón oyó su aullido y se volvió rugiendo; pero Garm estaba ya lejos de su alcance. Corrió durante el resto de la noche y llegó a casa hacia la hora del desayuno.
«¡Socorro, socorro, socorro!», gritó desde la puerta trasera.
Egidio oyó los ladridos y no le gustaron. Le hicieron recordar que cuando todo va bien es cuando surgen los imprevistos. «Mujer», dijo. «Haz entrar a ese maldito perro y dale de palos.»
Garm entró en la cocina hecho un ovillo y con la lengua fuera. «¡Socorro!», gritó.
«¿Qué has estado haciendo esta vez?», preguntó Egidio, que le arrojó una salchicha.
«Nada», jadeó Garm, demasiado aturdido para reparar en la salchicha.
«Bueno, deja ya de ladrar, o te despellejo», dijo el granjero.
«No he hecho nada malo, no quería hacer ningún daño», dijo el perro, «pero me tropecé por casualidad con un dragón y me di un susto terrible».
Al granjero se le atraganto la cerveza. «¿Dragón?»,exclamó. «¡Maldito seas, inútil metomentodo! ¿Para qué necesitabas ir en busca de un dragón en esta época del año y cuando yo estoy tan ocupado? ¿Dónde fue?»
« i Oh! Al norte de las colinas, muy lejos de aquí, más allá de los Menhires y toda aquella parte», dijo el perro. «¡Ah, tan lejos!», dijo Egidio con profundo alivio. «He oído comentar que hay gente muy rara por aquellos lugares. Allí tenía que haber sido. Que se las arreglen como puedan. Deja de fastidiarme con tales historias. ¡Lárgate!»
Garm se marchó y comentó por todo el pueblo lo ocurrido. No se olvidó de mencionar que su amo no había mostrado el menor sobresalto. «Se quedó impertérrito y siguió con el desayuno.»
A la puerta de sus casas los vecinos lo comentaron con regocijo. «Como en las viejas épocas», decían. «Y justo cuando llega la Navidad. Tan a tiempo. ¡Qué contento se va a poner el rey! Estas fiestas tendrá en su mesa una cola auténtica.»
Pero al día siguiente llegaron más noticias. Parecía que el dragón era excepcionalmente grande y feroz. Estaba haciendo grandes estragos.
«¿Y los caballeros del rey?», comenzó a preguntarse la gente.
Otros se habían hecho ya la misma pregunta. Mensajeros de las villas más afectadas por la presencia de Crisófilax llegaban cada día ante el rey y preguntaban repetidamente y en el tono más elevado que su atrevimiento les permitía: «¿Qué es de vuestros caballeros, señor?» Pero los caballeros no hacían nada. Oficialmente no sabían nada del dragón. Así que el rey tuvo que hacerles llegar de forma oficial la noticia y pedirles que pasasen a la acción tan pronto como lo juzgasen pertinente. Se vio desagradablemente sorprendido cuando comprendió que nunca les venía bien y que cada día posponían su intervención. Sin embargo, las excusas de los caballeros eran bien convincentes. En primer lugar el cocinero real ya tenía preparada la cola de dragón para aquellas Navidades, pues era el tipo de persona que cree que las cosas han de hacerse con tiempo. No sería elegante ofenderle presentándose en el último minuto con una cola auténtica. Era un servidor muy valioso. «¡Dejad en paz la cola! ¡Cortadle la cabeza y terminad de una vez con él!», gritaban los mensajeros de los pueblos más afectados.
Pero aquí estaba ya la Navidad, y por desgracia había un gran torneo programado para el día de San Juan: se había invitado a caballeros de numerosos reinos, que acudían para competir por un valioso trofeo. De ninguna forma podía pensarse en desperdiciar las oportunidades de los caballeros del Reino Medio al enviar a los mejores hombres a cazar un dragón antes de que el torneo hubiese terminado.
Luego estaba la fiesta de Año Nuevo.
Pero cada noche el dragón se desplazaba, y cada desplazamiento lo acercaba más y más a Ham. La noche de Año Nuevo la gente pudo ver llamaradas a lo lejos. El dragón se había instalado como a unas diez millas en un bosque que ahora ardía a placer. Era un dragón fogoso cuando le venía en gana.
Después de aquello la gente comenzó a volver su mirada al granjero Egidio y a cuchichear a sus espaldas, cosa que le hacía sentirse muy molesto; con todo, simulaba no enterarse. Al día siguiente el dragón se aproximó varias millas más. El mismo Egidio comenzó a criticar en voz alta el escándalo de los caballeros del rey.
«Me gustaría saber qué hacen para ganarse el pan», dijo.
«A nosotros también», dijeron todos en Ham.
Pero el molinero añadió: «Tengo entendido que a algunos aún les hacen caballeros por méritos propios. Después de todo, aquí nuestro buen Egidio es también en cierta forma un caballero. ¿Acaso no le envió el rey una carta con su sello y una espada?»
«Se necesita algo más que una espada para ser caballero», dijo Egidio. «Tienes que ser armado y todo eso, según tengo entendido. De cualquier modo, yo tengo mis propios asuntos que atender.»
«¡Oh!, pero seguro que el rey te armaría, si se lo pedimos», dijo el molinero. «Vamos a hacerlo antes de que sea demasiado tarde.»
«¡Ni hablar!», dijo Egidio. «La caballería no es para los de mi clase. Soy granjero y estoy muy ufano de serlo: un hombre sencillo y honrado, y los hombres honrados no hacen buen papel en la corte, dicen. Eso te va mejor a ti, maese molinero.»
El párroco se sonrió, aunque no por la contestación del granjero, porque él y el molinero siempre estaban devolviéndose las pullas como enconados enemigos que eran, según se decía en Ham. Lo había asaltado de repente una idea que lo entusiasmó. Pero de momento no dijo nada. El que no parecía tan entusiasmado era el molinero, que puso mal ceño.
«Simple, desde luego», dijo, «y honrado quizá. Pero, ¿es preciso estar en la corte y ser caballero para matar un dragón? Valor es todo lo que se necesita, como ayer mismo se lo oí decir a maese Egidio. ¿No os parece que él es tan valiente como cualquier caballero?»
Todos los presentes gritaron «.¡por supuesto que no!» la primera pregunta; y a la segunda, «¡claro que sí! ¡Tres hurras por el héroe de Ham!».
Maese Egidio volvió a casa bastante inquieto. Se estaba dando cuenta de que cuando se alcanza cierta reputación, se hace preciso mantenerla, y que esto puede resultar incómodo. Dio una patada al perro y escondió la espada en un armario de la cocina. Hasta entonces había estado colgada sobre la chimenea. Continuará.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Cuántos tienes en la tuya?

Una de mis frases favoritas.
"Una habitación sin libros es como un cuerpo sin alma"
En mi casa hay libros, muchos, en absolutamente todas las habitaciones.

¡Pero, por favor, entrad!


Del libro "El viento en los Sauces"
de Kenneth Grahame

Los animalitos esperaron pacientemente un buen rato, saltando en la nieve para calentarse los pies. Por fin oyeron un lento arrastrar de pies que se acercaba a la puerta. El Topo observó que parecía como si alguien caminase en chancletas con unas zapatillas de fieltro; y por supuesto el Topo había acertado.
Una llave giró en la cerradura y la puerta se entreabrió, lo su­ficiente para dejar entrever un largo hocico y dos ojos que par­padeaban soñolientos.
-La próxima vez que esto suceda -dijo una voz bronca y desconfiada- me enfadaré muchísimo. ¿Quién es esta vez? ¿Quién se atreve a molestar a la gente en una noche como ésta?
-¡Oh, Tejón -gritó la Rata-, déjanos pasar, por favor! Soy yo, la Rata, y mi amigo el Topo, y nos hemos perdido en la nieve.
-¡Ratita, mi vieja amiga! -exclamó el Tejón, cambiando de tono-. ¡Entrad los dos enseguida! ¡Tenéis que estar agota­dos! ¡Pero bueno! ¡Perdidos en la nieve! ¡Y en el Bosque Sal­vaje, y a estas horas de la noche! ¡Pero, por favor, entrad!
Los dos animalitos entraron empujándose por pasar prime­ro, y oyeron contentos y aliviados el ruido de la puerta que se cerraba detrás de ellos.
El Tejón llevaba puesta una bata larga y unas zapatillas en chancleta, y sostenía en una mano una palmatoria, como si se dis­pusiera a ir a la cama cuando llamaron a la puerta. Los miró ca­riñosamente y les dio unas palmaditas en la cabeza.
-Esta no es la noche más adecuada para que salgan los ani­malitos -les dijo con tono paternal-. Me supongo que ha sido una de tus travesuras, Ratita. ¡Pero venid a la cocina! ¡Hay un fuego de primera, y cena, y de todo!
Echó a andar arrastrando los pies y ellos le siguieron dándo­se codazos de satisfacción por un pasillo largo y destartalado has­ta llegar a una especie de salón central, del cual salían otros pasillos como túneles, que se ramificaban misteriosa e intermi­nablemente. Pero también había puertas que daban al salón, unas gruesas puertas de roble de aspecto reconfortante. El Te­jón abrió una de las puertas y de repente se encontraron en me­dio de una ancha cocina, que alumbraba un gran fuego.
El suelo era de ladrillo rojo algo desgastado, y en el ancho hogar ardía un fuego de leña entre dos preciosas rinconeras bien protegidas por la pared de la más mínima corriente de aire. Un par de escaños, uno frente a otro, ofrecían asiento para los más sociables. En medio de la cocina había una larga mesa, com­puesta por un sencillo tablero sobre dos caballetes, con bancos a cada lado. En una punta de la mesa, donde había un sillón algo apartado, estaban esparcidos los restos de la sencilla pero abun­dante cena del Tejón. En el aparador, al otro extremo del salón, relucían filas de platos limpísimos, y de las vigas colgaban ja­mones, manojos de hierbas secas, cebollas trenzadas, y cestas con huevos. Parecía un lugar de lo más adecuado para que los héroes pudieran celebrar su victoria, o donde los segadores ago­tados pudieran celebrar alrededor de la mesa su Fiesta de la Co­secha con cantos y alegría, o donde dos o tres amigos de gustos sencillos pudieran reunirse para charlar, comer y fumar sin que nadie los molestara. El suelo de ladrillo desgastado sonreía al te­cho ahumado; los bancos de roble, brillantes por el uso, inter­cambiaban entre ellos alegres miradas; los platos del aparador hacían guiños a los pucheros de los estantes, y las alegres llamas chisporroteaban y jugaban con todo.
El amable Tejón los sentó en un banco para que se calenta­ran al amor de la lumbre, y les hizo que se quitaran los abrigos mojados y las botas. Luego les trajo batas y zapatillas, y él mis­mo lavó con agua tibia la espinilla del Topo y cubrió el corte con un poco de esparadrapo hasta que quedó como nuevo, si no me­jor. Por fin se disponían a descansar, calentitos y secos, con los pies apoyados en unos taburetes. "Podo ello, unido al promete­dor tintineo de los platos encima de la mesa, hizo que a los ago­tados animalillos, como náufragos arribados a buen puerto, les pareciera que el frío y desconocido Bosque Salvaje estaba lejí­simos, y que todo lo que les había sucedido no era más que un sueño casi olvidado.
Cuando por fin entraron en calor, el Tejón les llamó para que se sentaran a la mesa donde había preparado la cena. Estaban bastante hambrientos, pero, cuando vieron la cena que les ha­bía preparado, el único problema les pareció ser si atacaban pri­mero lo que resultaba tan atractivo, y dejaban el resto hasta que fueran capaces de hincarle el diente. Durante un buen rato la conversación resultó imposible; y cuando poco a poco pudieron reanudarla, no fue sino una de esas lamentables conversaciones que uno tiene cuando habla con la boca llena. Al Tejón no le im­portó nada de aquello, ni prestó atención a los codos apoyados encima de la mesa, ni al hecho de que todos hablaran al mismo tiempo. Como él no solía alternar, era del parecer que todo esto carecía realmente de importancia (por supuesto nosotros sabe­mos que estaba muy equivocado, ya que todas estas cosas son muy importantes, aunque sería demasiado largo explicar las ra­zones). Estaba sentado en su sillón a la cabecera de la mesa, y asentía de vez en cuando mientras los animalitos contaban sus historias. No parecía sorprendido por nada, y no dijo ni una sola vez: «Ya os lo decía yo» o «Si me hicierais caso», ni comentó lo que tendrían o no tendrían que haber hecho. Al Topo empezó a caerle bien el Tejón.
Cuando por fin acabaron de cenar, y todos se sentían pru­dentemente llenos, y ya no les importaba nada ni nadie, se reu­nieron frente a los rescoldos del gran fuego de leña, pensando lo agradable que era estar aún levantados tan tarde, y sentirse tan independientes, y tan llenos. Y tras charlar durante un buen rato de cosas en general, el Tejón dijo animado:
-¡Bueno! Contadme las novedades de vuestra parte del mundo.



El refugio perfecto

Ilustración de Jimmy Liao

La fantasía es un refugio, un lugar calentito donde descansar, estirar las piernas, cerrar los ojos y esperar que pase la tormenta. Los libros han servido a muchas personas a lo largo de la historia para perderse, evadirse y encontrar nuevas razones para seguir viviendo con alegría. Desde que empecé a leer me di cuenta de que había lugares a los que me gustaba volver de vez en cuando. Recuerdo la tranquilidad que me producía ir a Bree en "el Señor de los anillos" o a la casa de Tejón en "El viento en los sauces",... En esos momentos en los que la paz falta, un libro se convierte en una puerta a un lugar mejor, en el refugio perfecto. M.G.


Me gustaría recomendaros este libro: "Esconderse en un rincón del mundo", de Jimmy Liao. Si queréis saber más entrad aquí: http://www.barbara-fiore.com/index.php/libros-archivos/esconderse-en-un-rincon-del-mundo/

jueves, 24 de noviembre de 2011

Capítulo 9: La receta


"Las brujas" - Roald Dahl
Espero que no hayáis olvidado que, mientras sucedía todo esto, yo seguía escondido detrás del biombo, a gatas y con un ojo pegado a la rendija. No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero me parecía que eran siglos. Lo peor era no poder toser ni hacer el menor ruido, y saber que, si lo hacía, podía darme por muerto. Y durante todo el rato, estaba en permanente terror de que una de las brujas de la última fila percibiera mi presencia por el olor, gracias a esos agujeros de la nariz tan especiales que tenían.
Mi única esperanza, según yo lo veía, era el hecho de no haberme lavado desde hacía varios días. Eso y la interminable excitación, aplausos y griterío que reinaba en la sala. Las brujas sólo pensaban en La Gran Bruja y en su gran plan para eliminar a todos los niños de Inglaterra. Ciertamente, no estaban olfateando el rastro de un niño en aquel salón. Ni en sueños (si es que las brujas sueñan) se les hubiera ocurrido esa posibilidad a ninguna de ellas. Me quedé quieto y recé.
La Gran Bruja había terminado su perversa canción y el público estaba aplaudiendo enloquecido y gritando:
¡Magnífica! ¡Sensacional! ¡Maravillosa! ¡Sois un genio, oh, Talentuda! ¡Es un invento extraordinario, este Ratonizador de Acción Retardada! ¡Es un éxito! ¡Y lo más hermoso es que serán los profesores quienes se carguen a los apestosos críos! ¡No seremos nosotras! ¡Nunca nos cogerán!
¡A las brugas nunca las coguen! —dijo La Gran Bruja, cortante—. ¡Atención ahorra! Quierro que todo el mundo prreste atención, ¡porrque estoy a punto de decirros lo que tenéis que hacerr parra prreparrarr la Fórrmula 86 Rratonisadorr de Acción Rretarrdada!
De pronto, se oyó una exclamación, seguida de un alboroto de chillidos y gritos, y vi a muchas de las brujas levantarse de un brinco y señalar a la tarima, gritando:
¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Lo ha hecho como demostración! ¡La Talentuda ha convertido a dos niños en ratones y ahí están!
Miré hacia la tarima. Allí estaban los ratones, efectivamente. Eran dos y estaban correteando cerca de las faldas de La Gran Bruja.
Pero no eran ratones de campo, ni ratones de casa. ¡Eran ratones blancosl Los reconocí inmediatamente. ¡Eran mis pobrecitos Guiller y Mary!
¡Ratones! —gritaron las brujas—. ¡Nuestra jefa ha hecho aparecer ratones de la nada! ¡Traed ratoneras! ¡Traed queso!
Vi a La Gran Bruja mirando fijamente al suelo y observando, con evidente desconcierto, a Guiller y Mary. Se agachó para verlos más de cerca. Luego se enderezó y gritó:
¡Silencio!
El público se calló y volvió a sentarse.
¡Estos rratones no tienen nada que verr conmigo! —dijo—. ¡Estos rrratones son rrratones domesticados! ¡Es evidente que estos rrratones perrtenecen a algún rrrepelente crrío del hotel! ¡Serrá un chico con toda seguridad, porrque las niñas no tienen rrratones domesticados!
¡Un chico! —gritaron las otras—. ¡Un chico asqueroso y maloliente! ¡Le destrozaremos! ¡Le haremos pedazos! ¡Nos comeremos sus tripas de desayuno!
¡Silencio! —gritó La Gran Bruja, levantando las manos—. ¡Sabéis perrfectamente que no debéis hacerr nada que llame la atención sobrre vosotrras mientrras estéis viviendo en el hotel! Deshagámonos de ese apestoso enano, perro con mucho cuidado y discrreción, porrque, ¿acaso no somos todas rrrespetabilíísimas damas de la Real Sociedad para la Prrevención de la Crrueldad con los Niños?
¿Qué proponéis, oh Talentuda? —gritaron las demás—. ¿Cómo debemos eliminar a ese pequeño montón de mierda?
Están hablando de mí, pensé. Estas mujeres están hablando de cómo matarme. Empecé a sudar.
Sea quien sea, no tiene imporrtancia —anunció La Gran Bruja—. Degádmelo a mí. Yo le encontrrarré porr el olorr y le convertirré en una trrucha y harré que me lo sirrvan para cenarr.
¡Bravo! —exclamaron las brujas—. ¡Córtale la cabeza y la cola y fríelo en aceite bien caliente!
Podéis imaginar que nada de esto me hizo sentirme muy tranquilo.
Guiller y Mary seguían correteando por la tarima y vi a La Gran Bruja apuntar una veloz patada a Guiller. Le dio justo con la punta del pie y lo envió volando por los aires. Luego hizo lo mismo con Mary. Tenía una puntería extraordinaria. Hubiera sido un gran futbolista. Los dos ratones se estrellaron contra la pared, y durante unos momentos se quedaron atontados. Luego reaccionaron y huyeron.
¡Atención otrra vez! —gritó La Gran Bruja—. ¡Ahorra os voy a darr la rrreceta parra prreparrarr la Fórrmula 86. Rratonisadorr de Acción Rretarrdada! Sacad papel y lápis.
Todas las brujas de la sala abrieron los bolsos y sacaron cuadernos y lápices.
¡Dadnos la receta, oh Talentuda! —gritaron, impacientes—. Decidnos el secreto.
Prrimerro —dijo La Gran Bruja— tuve que encontrrar algo que hicierra que los niños se volvierran muy pequeños muy rrrápidamente.
¿Y qué fue? —gritaron.
Esa parrte fue fácil —contestó—. Lo único que hay que hacerr si quierres que un niño se vuelva muy pequeño es mirrarrle por un telescopio puesto del rrevés.
¡Es asombrosa! —gritaron las brujas—. ¿A quién se le habría ocurrido una cosa así?
Porr lo tanto —continuó La Gran Bruja—, coguéis un telescopio del rrevés y lo cocéis hasta que esté blando.
¿Cuánto tarda? —le preguntaron.
Veintiuna horras de cocción —contestó—. Y mientrras está hirrviendo, coguéis cuarrenta y cinco rratones parrdos exactamente y les corrtáis el rrrabo con un cuchillo de cocina y frreís los rrrabos en aceite parra el pelo hasta que estén crruguientes.
¿Qué hacemos con todos esos ratones a los que les hemos cortado el rabo? —preguntaron.
Los cocéis al vaporr en gugo de rrrana durante una horra —fue la respuesta—. Perro escuchadme bien. Hasta ahorra sólo os he dado la parrte fácil de la rrreceta. El prroblema más difícil es ponerr algo que tenga un efecto verrdaderramente rretarrdado, algo que los niños puedan tomarr un día deterrminado, perro que no empiece a funcionarr hasta las nueve de la mañana siguiente, cuando lleguen al coleguio.

¿Qué se os ocurrió, oh, Talentuda? —gritaron—. ¡Decidnos el gran secreto!
El secrreto —anunció La Gran Bruja, triunfante— ¡es un despertadorr!
¡Un despertador! —gritaron—. ¡Es una idea genial!
Naturralmente —dijo La Gran Bruja—. Se puede ponerr hoy un desperrtadorr a las nueve y mañana sonarra exactamente a esa horra.
¡Pero necesitaremos cinco millones de despertadores! —gritaron las brujas—. ¡Necesitaremos uno para cada niño!
¡Idiotas! —vociferó La Gran Bruja—. ¡Si quierres un filete no frríes toda la vaca! Pasa lo mismo con los desperrtadorres. Un desperrtadorr serrvirrá parra mil niños. Esto es lo que tenéis que hacerr. Ponéis el desperrtadorr parra que suene a las nueve de la mañana. Luego lo asáis en el horrno hasta que esté tierrno y crruguiente. ¿Lo estáis anotando todo?
¡Sí, Vuestra Grandeza, sí! —dijeron a coro.
Luego —dijo La Gran Bruja—, coguéis el telescopio herrvido, los rrrabos de rrratón frritos, los rrratones cocidos y el desperrtadorr asado y los ponéis todos juntos en la batidorra. Entonces los batís a toda velocidad. Os quedarrá una pasta espesa. Mientrras la batidorra está funcionando, debéis añadirr a la mescla la yema de un huevo de págarro grruñón.
¡Un huevo de pájaro gruñón! —exclamaron—. ¡Así lo haremos!
Por debajo del bullicio oí que una bruja de la última fila le decía a su vecina:
Yo estoy ya un poco vieja para ir a buscar nidos. Esos pájaros gruñones siempre anidan en sitios muy altos.
Así que añadís el huevo —continuó la Gran Bruja— y además los siguientes ingrredientes, uno detrrás de otrro: la garra de un cascacangrregos, el pico de un chismorrerro, la trrompa de un espurrreadorr, y la lengua de un saltagatos. Espero que no tengáis prroblemas parra encontrrarrlos.
¡Ninguno, en absoluto! —gritaron—. ¡Alcanzaremos al chismorrero, atraparemos al cascacangrejos, cazaremos con escopeta al espurreador y pillaremos al saltagatos en su madriguera!
¡Magnífico! —dijo La Gran Bruja—. Cuando hayáis mesclado todo bien en la batidorra, tendrréis un prrecioso líquido verrde. Poned una gota, solamente una gotita de este líquido, en un bombón o un carramelo y, a las nueve en punto de la mañana siguiente, ¡el niño que se lo comió se converrtirrá en un rratón en veintiséis segundos! Perro os harré una adverrtencia. No aumentad nunca la dosis. No ponerr nunca más de una gota en cada carramelo o bombón. Y no dad nunca más de un carramelo o bombón a cada niño. Una sobrredosis del Rratonisadorr de Acción Rrretardada estropearía el mecanismo del desperrtadorr y harría que el niño se convirrtierra en un rrratón demasiado prronto. Una grran sobrredosis podrría incluso tenerr un efecto instantáneo, y eso no os gustarría, ¿verrdad? No querréis que los niños se convierrtan en rratones allí mismo, en vuestrras confiterrías. Entonces se descubrrirría todo. Así que, ¡tened mucho cuidado! ¡No os paséis en la dosis!
Próximo capítulo: Bruno desaparece (dentro de muy poco)

Un mago de la fantasía: Jimmy Liao

Os presento a uno de mis ilustradores favoritos. Todos los sus libros son verdaderas obras de arte. Merece la pena comprárselos y darse una vuelta por ellos de vez en cuando. Es otro mundo, y en él estás tú. M.G.
Jimmy Liao
Nació en Taipei (Taiwán) en 1958.

Se licenció en Bellas Artes. Después de una brillante trayectoria de doce años en el mundo de la publicidad, una leucemia le obligó a replantearse su vida: a los cuarenta, abandonó su empleo en una agencia para dedicarse por entero a escribir y dibujar sus propias historias, dirigidas tanto al público infantil como al adulto. A día de hoy, Jimmy ha publicado diecisiete libros, que han sido traducidos al inglés, francés, alemán, griego, japonés, coreano y español, entre otros idiomas. Varios de ellos, además, han sido adaptados al cine.Sin duda, es el ilustrador asiático más conocido del momento.

Y aquí puedes ver algunos de sus libros: http://issuu.com/search?q=jimmy%20liao