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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Una tradición navideña

Leer es una de las mejores cosas que puedes hacer en Navidad. Desde el propio relato del nacimiento de Jesús hasta cualquier otro libro con el que pasar un rato de tranquilidad. La Navidad debería ser más interior que exterior pero desgraciadamente a veces se queda en un tiempo de prisas y cosas. Dedicar un tiempo a leer puede devolvernos la serenidad perdida en el ajetreo de las fiestas. Apaga la tele y lee un cuento, aunque tengas muchos años y seas muy adulto. Leer cuentos nos transporta a lugares más felices y puede que en ellos encontremos lo que con tanto esfuerzo buscamos. Aquí te dejo unas cuantas recomendaciones (sin ánimo de lucro, esto no es ninguna editorial), si quieres puedes dejarnos la tuya.
  • Harún y el mar de las historias, de Salman Rushdie.
  • El viento en los sauces, de Kenneth Grahame.
  • Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
  • El árbol rojo, de Shaun Tan.
  • El hobbit, de J. R. R. Tolkien.
  • ...
  • Lourdes recomienda: Mujercitas, de Louisa May Alcott.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

ESPECIAL NAVIDAD: Cuento de Navidad

No podía faltar. Es un libro que tiene de todo: Un personaje cruel, avaro y desalmado, fantasmas, dinero, cementerios, visiones del pasado y el futuro, buenos y malos sentimientos, muerte, pena, arrepentimiento, familia y Navidad, mucha Navidad. Es una de las lecturas con más fantasía de la historia. Hay que leerla. Al menos una vez al año.
A Christmas Carol, de Charles Dickens
(extracto del libro)

Era una figura extraña..., como un niño; aunque, más que un niño, parecía un anciano, visto a través de un medio sobrenatural, que le daba la apariencia de haberse alejado de la vista y disminuido hasta las proporciones de un niño. Su cabello, que le colgaba alrededor del cuello y por la espalda, era blanco como el de los ancianos pero la cara no tenía ni una arruga, y la piel era delicadísima. Los brazos eran muy largos y musculosos, y lo mismo las manos, como si fueran extraordinariamente fuertes. Las piernas y los pies, que eran perfectos, los llevaba desnudos, como los miembros superiores. Vestía una túnica del blanco más puro y le ceñía la cintura una luciente faja de hermoso brillo. Empuñaba una rama fresca de verde acebo y, contrastando singularmente con este emblema del invierno, llevaba el vestido salpicado de flores estivales. Pero lo más extraño de él era que de lo alto de su cabeza brotaba un surtidor de brillante luz clara, que todo lo hacía visible; y para ciertos momentos en que no fuese oportuno hacer uso de él, llevaba un gran apagador en forma de gorro, que entonces tenía bajo el brazo.

Y aun esto no le pareció a Scrooge, al mirarle con creciente curiosidad, su cualidad más extraña, sino que su cinturón brillaba lanzando destellos tan pronto en una parte como en otra. y lo que un instante era luz, se hacía de pronto obscuridad, y así la figura misma fluctuaba en su claridad, siendo ora una cosa con un brazo, ora con una pierna, ora con veinte piernas, ora dos piernas sin cabeza, ora una cabeza sin cuerpo, y de las partes que se desvanecían, ningún perfil podía distinguirse en medio de la densa oscuridad en que se fundían, y después de tal maravilla, volvía a ser él mismo, con toda la claridad anterior.

-¿Sois, señor, el Espíritu cuya venida me han predicho? -preguntó Scrooge.

-Lo soy.

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