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jueves, 24 de noviembre de 2011

Capítulo 9: La receta


"Las brujas" - Roald Dahl
Espero que no hayáis olvidado que, mientras sucedía todo esto, yo seguía escondido detrás del biombo, a gatas y con un ojo pegado a la rendija. No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero me parecía que eran siglos. Lo peor era no poder toser ni hacer el menor ruido, y saber que, si lo hacía, podía darme por muerto. Y durante todo el rato, estaba en permanente terror de que una de las brujas de la última fila percibiera mi presencia por el olor, gracias a esos agujeros de la nariz tan especiales que tenían.
Mi única esperanza, según yo lo veía, era el hecho de no haberme lavado desde hacía varios días. Eso y la interminable excitación, aplausos y griterío que reinaba en la sala. Las brujas sólo pensaban en La Gran Bruja y en su gran plan para eliminar a todos los niños de Inglaterra. Ciertamente, no estaban olfateando el rastro de un niño en aquel salón. Ni en sueños (si es que las brujas sueñan) se les hubiera ocurrido esa posibilidad a ninguna de ellas. Me quedé quieto y recé.
La Gran Bruja había terminado su perversa canción y el público estaba aplaudiendo enloquecido y gritando:
¡Magnífica! ¡Sensacional! ¡Maravillosa! ¡Sois un genio, oh, Talentuda! ¡Es un invento extraordinario, este Ratonizador de Acción Retardada! ¡Es un éxito! ¡Y lo más hermoso es que serán los profesores quienes se carguen a los apestosos críos! ¡No seremos nosotras! ¡Nunca nos cogerán!
¡A las brugas nunca las coguen! —dijo La Gran Bruja, cortante—. ¡Atención ahorra! Quierro que todo el mundo prreste atención, ¡porrque estoy a punto de decirros lo que tenéis que hacerr parra prreparrarr la Fórrmula 86 Rratonisadorr de Acción Rretarrdada!
De pronto, se oyó una exclamación, seguida de un alboroto de chillidos y gritos, y vi a muchas de las brujas levantarse de un brinco y señalar a la tarima, gritando:
¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Lo ha hecho como demostración! ¡La Talentuda ha convertido a dos niños en ratones y ahí están!
Miré hacia la tarima. Allí estaban los ratones, efectivamente. Eran dos y estaban correteando cerca de las faldas de La Gran Bruja.
Pero no eran ratones de campo, ni ratones de casa. ¡Eran ratones blancosl Los reconocí inmediatamente. ¡Eran mis pobrecitos Guiller y Mary!
¡Ratones! —gritaron las brujas—. ¡Nuestra jefa ha hecho aparecer ratones de la nada! ¡Traed ratoneras! ¡Traed queso!
Vi a La Gran Bruja mirando fijamente al suelo y observando, con evidente desconcierto, a Guiller y Mary. Se agachó para verlos más de cerca. Luego se enderezó y gritó:
¡Silencio!
El público se calló y volvió a sentarse.
¡Estos rratones no tienen nada que verr conmigo! —dijo—. ¡Estos rrratones son rrratones domesticados! ¡Es evidente que estos rrratones perrtenecen a algún rrrepelente crrío del hotel! ¡Serrá un chico con toda seguridad, porrque las niñas no tienen rrratones domesticados!
¡Un chico! —gritaron las otras—. ¡Un chico asqueroso y maloliente! ¡Le destrozaremos! ¡Le haremos pedazos! ¡Nos comeremos sus tripas de desayuno!
¡Silencio! —gritó La Gran Bruja, levantando las manos—. ¡Sabéis perrfectamente que no debéis hacerr nada que llame la atención sobrre vosotrras mientrras estéis viviendo en el hotel! Deshagámonos de ese apestoso enano, perro con mucho cuidado y discrreción, porrque, ¿acaso no somos todas rrrespetabilíísimas damas de la Real Sociedad para la Prrevención de la Crrueldad con los Niños?
¿Qué proponéis, oh Talentuda? —gritaron las demás—. ¿Cómo debemos eliminar a ese pequeño montón de mierda?
Están hablando de mí, pensé. Estas mujeres están hablando de cómo matarme. Empecé a sudar.
Sea quien sea, no tiene imporrtancia —anunció La Gran Bruja—. Degádmelo a mí. Yo le encontrrarré porr el olorr y le convertirré en una trrucha y harré que me lo sirrvan para cenarr.
¡Bravo! —exclamaron las brujas—. ¡Córtale la cabeza y la cola y fríelo en aceite bien caliente!
Podéis imaginar que nada de esto me hizo sentirme muy tranquilo.
Guiller y Mary seguían correteando por la tarima y vi a La Gran Bruja apuntar una veloz patada a Guiller. Le dio justo con la punta del pie y lo envió volando por los aires. Luego hizo lo mismo con Mary. Tenía una puntería extraordinaria. Hubiera sido un gran futbolista. Los dos ratones se estrellaron contra la pared, y durante unos momentos se quedaron atontados. Luego reaccionaron y huyeron.
¡Atención otrra vez! —gritó La Gran Bruja—. ¡Ahorra os voy a darr la rrreceta parra prreparrarr la Fórrmula 86. Rratonisadorr de Acción Rretarrdada! Sacad papel y lápis.
Todas las brujas de la sala abrieron los bolsos y sacaron cuadernos y lápices.
¡Dadnos la receta, oh Talentuda! —gritaron, impacientes—. Decidnos el secreto.
Prrimerro —dijo La Gran Bruja— tuve que encontrrar algo que hicierra que los niños se volvierran muy pequeños muy rrrápidamente.
¿Y qué fue? —gritaron.
Esa parrte fue fácil —contestó—. Lo único que hay que hacerr si quierres que un niño se vuelva muy pequeño es mirrarrle por un telescopio puesto del rrevés.
¡Es asombrosa! —gritaron las brujas—. ¿A quién se le habría ocurrido una cosa así?
Porr lo tanto —continuó La Gran Bruja—, coguéis un telescopio del rrevés y lo cocéis hasta que esté blando.
¿Cuánto tarda? —le preguntaron.
Veintiuna horras de cocción —contestó—. Y mientrras está hirrviendo, coguéis cuarrenta y cinco rratones parrdos exactamente y les corrtáis el rrrabo con un cuchillo de cocina y frreís los rrrabos en aceite parra el pelo hasta que estén crruguientes.
¿Qué hacemos con todos esos ratones a los que les hemos cortado el rabo? —preguntaron.
Los cocéis al vaporr en gugo de rrrana durante una horra —fue la respuesta—. Perro escuchadme bien. Hasta ahorra sólo os he dado la parrte fácil de la rrreceta. El prroblema más difícil es ponerr algo que tenga un efecto verrdaderramente rretarrdado, algo que los niños puedan tomarr un día deterrminado, perro que no empiece a funcionarr hasta las nueve de la mañana siguiente, cuando lleguen al coleguio.

¿Qué se os ocurrió, oh, Talentuda? —gritaron—. ¡Decidnos el gran secreto!
El secrreto —anunció La Gran Bruja, triunfante— ¡es un despertadorr!
¡Un despertador! —gritaron—. ¡Es una idea genial!
Naturralmente —dijo La Gran Bruja—. Se puede ponerr hoy un desperrtadorr a las nueve y mañana sonarra exactamente a esa horra.
¡Pero necesitaremos cinco millones de despertadores! —gritaron las brujas—. ¡Necesitaremos uno para cada niño!
¡Idiotas! —vociferó La Gran Bruja—. ¡Si quierres un filete no frríes toda la vaca! Pasa lo mismo con los desperrtadorres. Un desperrtadorr serrvirrá parra mil niños. Esto es lo que tenéis que hacerr. Ponéis el desperrtadorr parra que suene a las nueve de la mañana. Luego lo asáis en el horrno hasta que esté tierrno y crruguiente. ¿Lo estáis anotando todo?
¡Sí, Vuestra Grandeza, sí! —dijeron a coro.
Luego —dijo La Gran Bruja—, coguéis el telescopio herrvido, los rrrabos de rrratón frritos, los rrratones cocidos y el desperrtadorr asado y los ponéis todos juntos en la batidorra. Entonces los batís a toda velocidad. Os quedarrá una pasta espesa. Mientrras la batidorra está funcionando, debéis añadirr a la mescla la yema de un huevo de págarro grruñón.
¡Un huevo de pájaro gruñón! —exclamaron—. ¡Así lo haremos!
Por debajo del bullicio oí que una bruja de la última fila le decía a su vecina:
Yo estoy ya un poco vieja para ir a buscar nidos. Esos pájaros gruñones siempre anidan en sitios muy altos.
Así que añadís el huevo —continuó la Gran Bruja— y además los siguientes ingrredientes, uno detrrás de otrro: la garra de un cascacangrregos, el pico de un chismorrerro, la trrompa de un espurrreadorr, y la lengua de un saltagatos. Espero que no tengáis prroblemas parra encontrrarrlos.
¡Ninguno, en absoluto! —gritaron—. ¡Alcanzaremos al chismorrero, atraparemos al cascacangrejos, cazaremos con escopeta al espurreador y pillaremos al saltagatos en su madriguera!
¡Magnífico! —dijo La Gran Bruja—. Cuando hayáis mesclado todo bien en la batidorra, tendrréis un prrecioso líquido verrde. Poned una gota, solamente una gotita de este líquido, en un bombón o un carramelo y, a las nueve en punto de la mañana siguiente, ¡el niño que se lo comió se converrtirrá en un rratón en veintiséis segundos! Perro os harré una adverrtencia. No aumentad nunca la dosis. No ponerr nunca más de una gota en cada carramelo o bombón. Y no dad nunca más de un carramelo o bombón a cada niño. Una sobrredosis del Rratonisadorr de Acción Rrretardada estropearía el mecanismo del desperrtadorr y harría que el niño se convirrtierra en un rrratón demasiado prronto. Una grran sobrredosis podrría incluso tenerr un efecto instantáneo, y eso no os gustarría, ¿verrdad? No querréis que los niños se convierrtan en rratones allí mismo, en vuestrras confiterrías. Entonces se descubrrirría todo. Así que, ¡tened mucho cuidado! ¡No os paséis en la dosis!
Próximo capítulo: Bruno desaparece (dentro de muy poco)

domingo, 6 de noviembre de 2011

Capítulo 8: Fórmula 86. Ratonizador de Acción Retardada


"Las brujas" - Roald Dahl
¡Los niños son rrrepulsivos! —gritó La Gran Bruja—. ¡Nos desharremos de ellos! ¡Los borrrarremos de la fas de la tierrra! ¡Los echarremos por los desagües!
¡Sí, sí! —entonó el público—. ¡Deshacernos de ellos! ¡Borrarlos de la faz de la tierra! ¡Echarlos por el desagüe!
¡Los niños son asquerrosos y rrrepugnantes! —vociferó La Gran Bruja.
¡Sí, sí! —corearon las brujas inglesas—. ¡Son asquerosos y repugnantes!
¡Los niños son sucios y apestosos! —chilló La Gran Bruja.
¡Sucios y apestosos! —gritaron ellas, cada vez más excitadas.
¡Los niños huelen a caca de perrrol —chirrió La Gran Bruja.
¡Buuuuu! —gritó el público—. ¡Buuuuu! ¡Buuuuu! ¡Buuuuu!
¡Peor que la caca de perrro! —chirrió La Gran Bruja—. ¡La caca de perrro huele a violetas y a rrrosas comparrada con los niños!
¡Violetas y rosas! —canturreó el público. Aplaudían y vitoreaban casi cada palabra pronunciada desde la tarima. La oradora las tenía completamente fascinadas.
¡Hablarr de los niños me da ganas de vomitarr! —chilló La Gran Bruja—. ¡Sólo pensarr en ellos me da ganas de vomitarr! ¡Trraedme una palangana!
La Gran Bruja hizo una pausa y lanzó una mirada feroz a la masa de caras ansiosas. Ellas esperaban más.
Así que ahorra... —ladró La Gran Bruja—. ¡Ahorra tengo un plan! ¡Tengo un plan guigantesco para librrarrnos de todos los niños de Inclaterra!
Las brujas emitieron sonidos entrecortados y boquearon. Se miraron entre sí y se dedicaron vampíricas sonrisas de emoción.
¡Sí! —vociferó La Gran Bruja—. Les vamos a darr de garrotasos y de latigasos y vamos a hacerr desaparrrecerr a todos esos malolientes enanos de Inclaterrra, ¡de un golpe!
¡Yuupii! —gritaron las brujas, aplaudiendo—. ¡Sois genial, oh, Grandeza! ¡Sois fantabulosa!
¡Callarros y escuchad! —gritó La Gran Bruja—. ¡Escuchad con mucha atención y que no haya malentendidos!
El público se inclinó hacia adelante, ansiosas por saber cómo se iba a realizar este prodigio.
Todas y cada una de vosotrras —tronó La Gran Bruja— tiene que volverr a su ciudad inmediatamente y rrenunciarr a su trrabajo. ¡Dimitid! ¡Rrretirraos!
¡Sí! —gritaron—. ¡Lo haremos! ¡Renunciaremos a nuestros trabajos!
Y después de que hayáis degado vuestrros puestos —continuó La Gran Bruja—, cada una de vosotrras saldrrá a comprrarr...
Hizo una pausa.
¿A comprar qué? —gritaron—. Decidnos, oh genio, ¿qué debemos comprar?
¡Confiterrías! —gritó La Gran Bruja.
¡Confiterías! ¡Vamos a comprar confiterías! ¡Qué truco tan brillante!
Cada una de vosotrras se comprrarrá una confiterría. Comprrarréis las megorres y más rrrespetables confiterrías de Inclaterra.
¡Sí! ¡Sí! —le contestaron.
Sus horrorosas voces eran como un coro de tornos de dentistas taladrando todos juntos.
No quierro confiterrías de trres al cuarrto, de esas pequeñitas y abarrrotadas, que venden tabaco y perriódicos —gritó La Gran Bruja—. Quierro que comprréis sólo las megorres tiendas, llenas hasta amiba con pilas y pilas de deliciosos carramelos y exquisitos bombones.
¡Las mejores! —gritaron—. ¡Compraremos las mejores confiterías de cada ciudad!
No tendrréis dificultad en conseguirr lo que querréis —gritó la Gran Bruja— porrque ofrrecerréis cuatrro veces más de lo que valen y nadie rrrechasa esa oferrta. El dinerro no es prroblema parra nosotrras las brugas, como ya sabéis. Me he trraído seis baúles llenos de billetes nuevecitos y crrugientes. Y todos —añadió con una risita siniestra—, todos hechos en casa.
Las brujas del público sonrieron, apreciando la broma.
En ese momento, una estúpida bruja se puso tan excitada ante las posibilidades que ofrecía el ser propietaria de una confitería que se levantó de un salto y gritó:
¡Los niños vendrán a mi tienda como borregos y yo les daré caramelos y bombones envenenados y morirán como cucarachas!
La sala se quedó silenciosa de pronto. Yo VI que el diminuto cuerpo de La Gran Bruja se ponía rígido de rabia.
¿Quién ha dicho eso? —aulló—. ¡Has sido tú! ¡La de allí!
La culpable volvió a sentarse rápidamente y se tapó la cara con sus manos como garras.
¡Tú, rrrematada imbécil! —chirrió La Gran Bruja—. ¡Tú, espantago sin seso! ¿No te das cuenta de que si vas porr ahí envenenando niños, te coguerrán a los cinco minutos? ¡Nunca en mi vida he oído semegante chorrrada sugerrida porr una bruga!
Todas las demás brujas se echaron a temblar. Estoy seguro de que pensaron, como yo, que las terribles chispas candentes iban a empezar a volar otra vez.
Curiosamente, no fue así.
Si semegante tonterría es lo único que se os ocurrre —tronó La Gran Bruja—, no me extraña que Inclaterra siga estando infestada de asquerrosos chiquillos.
Hubo otro silencio. La Gran Bruja miró con ferocidad a su público.
¿No sabéis —les gritó— que las brugas sólo trrabagamos con maguía?
Lo sabemos, Vuestra Grandeza —contestaron todas—. ¡Por supuesto que lo sabemos!
La Gran Bruja se frotó las huesudas manos enguantadas y gritó:
¡Así que cada una de vosotrras serrá prropietarria de una magnífica confiterría! ¡El siguiente paso es que cada una anunciarrá en el escaparrate de su tienda que en cierrta fecha serrá la Grran Inaugurración y habrrá carramelos y bombones grratis parra todos los niños!
¡Acudirán como moscas, esos brutos glotones! —gritaron las brujas—. ¡Se pegarán por entrar!
Luego —continuó La Gran Bruja—, os prreparrarréis parra la Grran Inaugurración poniendo en todos los carramelos, bombones y pasteles de vuestrras tiendas ¡mi última y más grrandiosa fórrmula máguica! ¡Se llama FORRMULA86, RRATONISADORR DE ACCION RRETARRDADA!
¡Ratonizador de Acción Retardada! —corearon todas—. ¡Ha vuelto a conseguirlo! ¡Su Grandeza ha confeccionado otro de sus maravillosos niñicidas! ¿Cómo se prepara, oh Genial Maestra?
Eguerrcitad la paciencia —respondió La Gran Bruja—. Primero, voy a explicarros cómo funciona mi Fórrmula 86. Rratonisadorr de Acción Rretarrdada. ¡Escuchad con atención!
¡Os escuchamos! —vocearon las otras, que ahora estaban saltando en sus sillas, de pura excitación.
El Rratonisadorr de Acción Rretarrdada es un líquido verrde —explicó La Gran Bruja— y con una sola gotita en cada carramelo o bombón serrá suficiente. Esto es lo que sucede:
»El niño come un bombón que contiene Rratonisadorr de Acción Rretarrdada...
»El niño se va a su casa encontrrándose bien...
»El niño se acuesta, encontrrándose bien aún...
»El niño se levanta porr la mañana, y sigue estando bien...
»El niño se marrcha al coleguio, y todavía está normal...
»La fórrmula, ¿comprrendéis?, es de acción rretarrdada, y todavía no le hace efecto.
¡Comprendemos, oh Talentuda! —gritaron las otras—. Pero, ¿cuándo empieza a hacer efecto?
¡Empiesa a hacerr efecto a las nueve en punto, cuando el niño está llegando al coleguio! —gritó La Gran Bruja, triunfante—. El niño llega al coleguio. El Rratonisadorr de Acción Rretarrdada empieza a hacerr efecto rrápidamente. El niño comiensa a encoguerrse. Comiensa a salirrle pelo porr el cuerrpo. Comiensa a crrecerrle un rrabo. Todo esto sucede en veintiséis segundos exactamente. Después de veintiséis segundos, el niño ya no es un niño. ¡Es un rratón!
¡Un ratón! —gritaron las brujas—. ¡Qué idea tan fantabulosa!
¡Las clases serrán un herrviderro de rratones! ¡Rreinarrá el caos en todos los coleguios de Inclaterra! ¡Los prrofesorres se pondrrán a darr brrincos! ¡Las prrofesorras se subirrán a los pupitrres levantándose las faldas y chillando «Socorrro, socorrro, socorrro»!
¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —vociferaron las otras.
¿Y qué sucederrá a continuación en todos los coleguios? —gritó La Gran Bruja.
¡Decídnoslo! —clamaron—. ¡Decídnoslo, oh Talentuda!
La Gran Bruja estiró su escuálido cuello y sonrió a su público, mostrando dos hileras de dientes puntiagudos y ligeramente azulados. Alzó aún más la voz y gritó:
¡Aparrecen las rrratonerras!
¡Ratoneras! —exclamaron las brujas.
¡Y el queso! —gritó La Gran Bruja—. ¡Todos los prrofesorres corrren de acá parra allá comprrando ratoneras, poniéndoles el queso y colocándolas porr todas parrtes! ¡Los rratones mordisquean el queso! ¡Los muelles saltan! ¡Porr todo el colegio, las ratoneras hacen clac y las cabesas de los ratones ruedan porr el suelo como canicas! ¡En todo Inclaterrra, se oirrá el chasquido de las rrratonerras!
Al llegar a este punto, la horrenda Gran Bruja empezó a bailar una especie de danza brujeril de un lado a otro de la tarima, golpeando el suelo con los pies y dando palmas. Todo el público acompaño las palmas y el pateo. Armaban un estruendo tan grande que yo pensé que, seguramente, el señor Stringer lo oiría y vendría a llamar a la puerta. Pero no fue así.
Entonces, por encima del ruido, oí a La Gran Bruja cantando a voz en cuello una perversa canción:
¡A los niños hay que destrruirr,
herrvirr sus huesos y su piel jrreírrl
¡Desmenuzadlos y trriturradiós,
estrrugadlos y machacadlos!
Con polvos maguicos dadles bombones,
decidles «come» a los muy glotones.
Llenadles bien de dulces prringosos
y de pasteles empalagosos.
Al día siguiente, tontos, tontuelas,
irrán los niños a sus escuelas.
Se pone rroga cual amapola
una niñita: «¡Me sale cola!».
Un niño pone carra de lelo
Y grrita: «¡Auxilio, me sale pelo!».
Y otrro berrea al poco rrato:
«¡Tengo bigotes como de gato!».
Un niño alto dice guimiendo:
«¡Cielos, ¿qué pasa?, estoy encoguiendo!».
Todos los niños y las niñitas
en vez de brrasos tienen patitas,
y de rrepente, en un instante,
sólo hay rratones, ningún infante.
En los coleguios sólo hay rratones
corrreteando por los rrincones.
Enloquecidos, los prrofesorres
grritan: «¿Por qué hay tantos rroedorres?».
A los pupitrres suben ansiosos
y chillan: «¡Fuerra, bichos odiosos!».
«¡Que alguien traiga una rratonerra!».
«¡Trraed el queso de la queserra!».
Las rratonerras tienen un muelle fuerrte
que salta y que suena a muerrte,
y su sonido es tan musical...
¡Es una música celestial!
Rratones muerrtos porr todas parrte
grracias a nuestrras perrverrsas arrtes.
Los prrofes buscan con grran carriño,
perro no encuentrran un solo niño.
Grritan a corrro: «¿Adonde han ido
todos los niños, qué ha sucedido?».
«Es en verdad un extraño caso,
¿dónde se ha visto tanto rretrraso?».
Los prrofes ya no saben qué hacerr,
algunos se sientan a leerr,
y otros echan a la basurra
a los rratones con grran prremurra
¡MIENTRRAS LAS BRUGAS GRRITAMOS HURRRA¡
Próximo capítulo: La receta (dentro de muy poco)

sábado, 29 de octubre de 2011

Capítulo 7: Achicharrada


"Las brujas" - Roald Dahl
Ahora todas las mujeres, o mejor dicho, las brujas, estaban inmóviles en sus sillas, mirando fijamente, como hipnotizadas, a alguien que había aparecido de pronto en la tarima. Era otra mujer.
Lo primero que noté en ella era su tamaño. Era diminuta, probablemente no mediría más de un metro treinta centímetros. Parecía bastante joven, supuse que tendría unos veinticinco o veintiséis años, y era muy guapa. Llevaba un vestido negro muy elegante con falda larga hasta el suelo y guantes negros que le llegaban hasta los codos. A diferencia de las otras, no llevaba sombrero.
A mí no me parecía que tuviera aspecto de bruja en absoluto, pero era imposible que no lo fuera, porque, de lo contrario, ¿qué demonios estaba haciendo subida en la tarima? ¿Y por qué estaban todas las demás brujas contemplándola con tal mezcla de adoración y temor?
Muy despacio, la joven de la tarima levantó las manos hacia su cara. Vi que sus dedos enguantados desenganchaban algo detrás de las orejas y luego... ¡luego se pellizcó las mejillas y se quitó la cara de golpe! ¡Aquella bonita cara se quedó entera en sus manos!
¡Era una máscara!
Al quitarse la máscara, se volvió hacia un lado y la colocó cuidadosamente en una mesita que tenía cerca, y cuando volvió a ponerse de frente a la sala, me faltó poco para dar un chillido.
Su cara era la cosa más horrible y aterradora que he visto nunca. Sólo mirarla me producía temblores. Estaba tan arrugada, tan encogida y tan marchita que parecía que la hubieran conservado en vinagre. Era una visión estremecedora y espeluznante. Había algo pavoroso en aquella cara, algo putrefacto y repulsivo. Literalmente, parecía que se estaba pudriendo por los bordes, y en el centro, en las mejillas y alrededor de la boca, vi la piel ulcerada y corroída, como si se la estuvieran comiendo los gusanos.
Hay veces en las que algo es tan espantoso que te fascina y no puedes apartar la vista de ello. Eso me pasó a mí en ese momento. Me quedé traspuesto, alelado. Estaba hipnotizado por el absoluto horror de las facciones de aquella mujer. Pero no era eso sólo. Había una mirada de serpiente en sus ojos, que relampagueaban mientras recorrían la sala.
En seguida comprendí, naturalmente, que esta no era otra que La Gran Bruja en persona. También comprendí por qué llevaba una máscara. Jamás hubiera podido aparecer en público, y mucho menos Hospedarse en un hotel, con su verdadera cara. Todo el que la hubiese visto, habría salido corriendo, dando alaridos.
¡Las puerrtas! —gritó La Gran Bruja, con una voz que llenó la sala y retumbó en las paredes—. ¿Habéis echado el cerrogo o la cadena?
Hemos echado el cerrojo y la cadena, Vuestra Grandeza —contestó una voz en la sala.
Los relucientes ojos de serpiente, hundidos en aquella espantosa cara corrompida, fulminaban, sin pestañear, a las brujas que estaban sentadas frente a ella.
¡Podéis quitarros los guantes! —gritó.
Noté que su voz tenía el mismo tono duro y metálico que la de la bruja a la que vi debajo del castaño, sólo que era mucho más fuerte y mucho, mucho más áspera. Raspaba. Chirriaba. Chillaba. Gruñía. Refunfuñaba.
Todo el mundo en la sala empezó a sacarse los guantes. Yo me fijé en las manos de las que estaban en la última fila. Quería ver cómo eran sus dedos y si mi abuela tenía razón. ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Ahora veía varias manos! ¡Veía las garras oscuras curvándose sobre las yemas de los dedos! ¡Aquellas garras medirían unos cinco centímetros y eran afiladas en la punta!
¡Podéis quitarros los sapatos! —ladró La Gran Bruja.
Oí un suspiro de alivio proveniente de todas las brujas de la sala, cuando se quitaron sus estrechos zapatos de tacón alto, y entonces eché una ojeada por debajo de las sillas y vi varios pares de pies con medias... completamente cuadrados y carentes de dedos. Eran repugnantes, como si les hubieran rebanado los dedos con un cuchillo de cocina.
¡Podéis quitarros las pelucas! —gruñó La Gran Bruja.
Tenía una forma peculiar de hablar. Era una especie de acento extranjero, algo áspero y gutural, y al parecer, tenía dificultad para pronunciar algunas letras. Hacía una cosa rara con la r. La hacía rodar en la boca como si fuera un pedazo de corteza caliente y luego la escupía.
¡Guitarros las pelucas parra que les dé el airre a vuestrros irrritados cuerros cabelludos! —gritó.
Y otro suspiro de alivio surgió de la sala, mientras todas las manos se levantaban hacia las cabezas para retirar todas las pelucas (con los sombreros todavía encima).
Ante mí había ahora fila tras fila de cráneos femeninos calvos, un mar de cabezas desnudas, todos enrojecidos e irritados debido al roce del forro de las pelucas. No puedo explicaros lo horrorosas que eran y, de algún modo, la visión era aún más grotesca por el hecho de que debajo de aquellas espantosas cabezas calvas, los cuerpos iban vestidos con ropa bonita y a la moda. Era monstruoso. Era antinatural.
Oh, Dios mío, pensé. ¡Socorro! ¡Oh, Señor, ten compasión de mí! ¡Esas repugnantes mujeres calvas son asesinas de niños, todas y cada una de ellas, y aquí estoy yo apresado en la misma habitación y sin poder escapar!
En ese momento, me asaltó una nueva idea, doblemente horrible. Mi abuela había dicho que, con sus agujeros de la nariz especiales, ellas podían oler a un niño en una noche oscura desde el otro lado de la calle. Hasta ahora, mi abuela había acertado en todo. Por lo tanto, parecía seguro que una de las brujas de la última fila iba a empezar a olfatearme de un momento a otro, y entonces el grito «¡Caca de perro!» se extendería por toda la sala y yo estaría acorralado como una rata.
Me arrodillé en la alfombra, detrás del biombo, sin atreverme ni a respirar.
Luego, de pronto, recordé otra cosa muy importante que me había dicho mi abuela: «Cuanto más sucio estés, más difícil es que una bruja te encuentre por el olor.»
¿Cuánto tiempo hacía que no me bañaba?
Hacía siglos. Tenía mi propia habitación en el hotel, y mi abuela nunca se preocupaba de esas tonterías. Ahora que lo pensaba, creo que no me había bañado desde que llegamos.
¿Cuándo fue la última vez en que me había lavado la cara y las manos?
Desde luego, esta mañana no.
Ni ayer tampoco.
Me miré las manos. Estaban cubiertas de churretes, de barro y Dios sabe de qué otras cosas.
Quizá tenía alguna posibilidad después de todo. Las oleadas fétidas no podrían atravesar toda esa porquería.
¡Brugas de Inclaterrra! —gritó La Gran Bruja.
Observé que ella no se había quitado la peluca, ni los guantes, ni los zapatos.
¡Brugas de Inclaterrra! —chilló.
El público se removió inquieto y se sentaron más erguidas en sus sillas.
¡Miserrrables brugas! —chilló—. ¡Inútiles y vagas brugas! ¡Flogas y perrresosas brugas! ¡Sois una pandilla de gusanos barraganes que no valen parrra nada!
Un estremecimiento recorrió al público. Era evidente que La Gran Bruja estaba de mal humor y ellas lo comprendieron. Yo presentí que iba a ocurrir algo espantoso.
Estoy desayunando esta mañana —gritó La Gran Bruja— y estoy mirrrando por la ventana a la playa, ¿y qué veo? Os prregunto ¿qué veo? ¡Veo una vista rrrepulsiva! ¡Veo cientos, veo miles de rrrepugnantes niños gugando en la arrena! ¡Esto me da náuseas, me dega sin comerr! ¿Porr qué no los habéis eliminado? —aulló—. ¿Porr qué no habéis borrrado a todos estos asquerrrosos y malolientes niños?
Con cada palabra, le salían disparadas de la boca gotitas de saliva azul, cual perdigones.
¡Os estoy prreguntando porrr que! —aulló.
Nadie le contestó.
¡Los niños huelen! —chilló—. ¡Apestan! ¡No querrremos niños en la tierrra!
Todas las cabezas calvas asintieron vigorosamente.
¡Un niño porrr semana no me sirrve! —gritó La Gran Bruja—. ¿Es eso todo lo que podéis hacerr?
Haremos más —murmuró el público—. Haremos mucho más.
¡Más tampoco sirrve! —vociferó La Gran gruja—. ¡Exigo rrresultados máximos! ¡Porr lo tanto, aquí están mis órrrdenes! ¡Mis órrrdenes son que todos y cada uno de los niños de este país sean borrra-dos, espachurrados, estrrugados, y achicharrados antes de que yo vuelva aquí dentrro de un año! ¿Está bien clarrro?
El público lanzó una exclamación contenida. Vi que todas las brujas se miraban entre sí con expresión preocupada. Y oí que una bruja que estaba sentada al final de la primera fila decía en alto:
¡Todos ellos! ¡No podemos barrerlos a todos ellos!
La Gran Bruja se volvió violentamente, como si alguien la hubiera clavado un pincho en el trasero.
¿Quién digo eso? —chilló—. ¿Quién se atrreve a discutirr conmigo? Fuiste tú, ¿no?
Señaló con un dedo enguantado, tan afilado como una aguja, a la bruja que había hablado.
¡No quise decir eso, Vuestra Grandeza! —gritó la bruja—. ¡No era mi intención discutir! ¡Sólo estaba hablando para mí misma!
¡Te atrreviste a discutirr conmigo! —chilló La Gran Bruja.
¡Sólo hablaba para mí misma! —gritó la desgraciada bruja—. ¡Lo juro, Alteza!
Se puso a temblar de miedo.
La Gran Bruja dio un paso adelante y cuando habló de nuevo, lo hizo con una voz que me heló la sangre.
Una bruga que así me contesta
debe arrderr de los pies a la testa,
chilló.
¡No, no! — suplicó la bruja de la primera fila. La Gran Bruja continuó:
Una bruga con tan poco seso
debe arrderr hasta el último hueso.
¡Perdonadme! —gritó la desgraciada bruja de la primera fila. La Gran Bruja no le hizo el menor caso. Habló de nuevo:
Una bruga tan boba, tan boba
arrderrá como un palo de escoba.
¡Perdonadme, oh Alteza! —gritó la desdichada culpable—. ¡No quise hacerlo!
Pero La Gran Bruja continuó su terrible recitación:
Una bruga que dice que yerrro
morrirrá, morrirrá como un perrro.
Un momento después, de los ojos de La Gran Bruja salió disparado un chorro de chispas, que parecían limaduras de metal candente, y volaron directamente hacia la bruja que se había atrevido a responder. Yo vi cómo las chispas la golpeaban y penetraban en su carne y la oí lanzar un horrible alarido. Una nube de humo la envolvió y un olor a carne quemada llenó la sala.
Nadie se movió. Igual que yo, todas miraban la humareda, y cuando ésta se disipó, la silla estaba vacía. Vislumbré algo blanquecino, como una nubecilla, elevándose en el aire y desapareciendo por la ventana.
El público dio un gran suspiro.
La Gran Bruja recorrió la sala con una mirada fulminante.
Esperrro que nadie más me enfurresca hoy —comentó.
Hubo un silencio mortal.
Achicharrada como un churrasco. Cocida como una sanahorria —dijo La Gran Bruja—. Nunca volverrréis a verrla. Ahorra podemos dedicarrnos a los asuntos imporrtantes.

jueves, 27 de octubre de 2011

Capítulo 6: El congreso


"Las brujas" - Roald Dahl
Ahora que el director se había ido, yo no estaba particularmente alarmado. ¿Qué mejor situación que la de estar encerrado en una habitación llena de estas estupendas señoras? Si llegaba a hablar con ellas, incluso podría sugerirles que vinieran a mi colegio para hacer un poco de prevención de la crueldad con los niños. No nos vendrían nada mal allí.
Entraron hablando sin parar. Empezaron a hacer corrillos y a elegir asientos y se oían muchas frases del tipo de:
Ven a sentarte a mi lado, querida Millie.
¡Oh, hola, Beatriz! ¡No te he visto desde el último congreso! ¡Qué vestido tan precioso llevas!
Decidí quedarme donde estaba y dejarlas celebrar su congreso, mientras yo seguía amaestrando a mis ratones, pero las observé un rato más por la rendija del biombo, esperando a que se aposentasen. ¿Cuántas habría? Calculé que unas doscientas. Las filas de atrás fueron las primeras en llenarse. Todas parecían querer sentarse lo más lejos posible de la tarima.
En el centro de la última fila, había una señora con un diminuto sombrero verde, que no dejaba de rascarse la nuca. No podía parar. Me fascinaba el modo en que sus dedos rascaban continuamente el pelo de la nuca. Si ella hubiera sabido que alguien la estaba observando desde atrás, estoy seguro de que se hubiera sentido azarada. Pensé si tendría caspa. De repente, noté que la señora que estaba a su lado ¡estaba haciendo lo mismo!
¡Y la siguiente!
¡Y la otra!
Lo hacían todas. ¡Se rascaban como locas el pelo de la nuca!
¿Tendrían pulgas en el pelo?
Era más probable que fueran piojos.
Un chico de mi colegio, que se llama Ashton, había tenido piojos el trimestre anterior y la directora le obligó a meter toda la cabeza en aguarrás. Desde luego, eso mató a todos los piojos, pero por poco no mata a Ashton también. La mitad de la piel se le desprendió del cráneo.
Estas rascaderas compulsivas empezaron a fascinarme. Siempre es divertido pillar a alguien haciendo algo grosero cuando cree que nadie le ve. Meterse el dedo en la nariz, por ejemplo, o rascarse el culo. Rascarse la cabeza es casi tan feo como eso, especialmente si se hace sin parar.
Decidí que debían de ser piojos.
Entonces ocurrió lo más asombroso. Vi a una señora metiendo los dedos por debajo de su cabellera, y el pelo, toda la cabellera, se levantó en una pieza, y la mano se deslizó por debajo y continuó rascando.
¡Llevaba peluca! ¡También llevaba guantes! Miré rápidamente al resto de las mujeres, que ya estaban sentadas. ¡Todas y cada una de ellas llevaba guantes!
La sangre se heló en mis venas. Me puse a temblar de pies a cabeza. Miré desesperadamente a mi espalda en busca de una puerta trasera por la cual escapar. No había ninguna.
¿Me convenía dar un salto y echar a correr hacia las puertas dobles?
Las puertas dobles ya estaban cerradas y vi a una mujer de pie delante de ellas. Estaba inclinada hacia delante, sujetando una especie de cadena metálica que rodeaba los dos picaportes.
No te muevas, me dije. Nadie te ha visto todavía. No hay ninguna razón para que nadie venga a mirar detrás del biombo. Pero un solo movimiento en falso, una tos, un estornudo, un soplido, el más mínimo ruido de cualquier clase y te atrapará no una bruja, ¡sino doscientas!
En ese momento, creo que me desmayé. Todo aquel asunto era demasiado para un niño. Pero creo que no estuve inconsciente más de unos segundos, y cuando volví en mí, estaba tumbado en el suelo y, gracias a Dios, seguía estando detrás del biombo. Había un silencio absoluto a mi alrededor.
Temblorosamente, me puse de rodillas y miré otra vez por la rendija del biombo.


Próximo capítulo: Achicharrada.

jueves, 20 de octubre de 2011

Capítulo 5: Vacaciones de verano



"Las brujas" - Roald Dahl
Llegaron las vacaciones de Semana Santa y pasaron, y comenzó al último trimestre del colegio. Mi abuela y yo habíamos planeado pasar las vacaciones en Noruega y casi no hablábamos de otra cosa por las noches. Ella había reservado un camarote para cada uno, en el barco que iba de Newcastle a Oslo, para la fecha más inmediata posible después de que yo acabara el colegio, y desde Oslo me iba a llevar a un sitio que ella conocía en la costa sur, cerca de Arendal, donde ella había pasado sus vacaciones de verano cuando era pequeña, hacía casi ochenta años.
Mi hermano y yo estábamos todo el día en el bote de remos. Toda la costa está salpicada de diminutas islitas en las que no hay nadie. Las explorábamos y nos lanzábamos al mar desde las suaves rocas de granito, y a veces, cuando íbamos hacia allá, echábamos el ancla y pescábamos bacalao y merlán. Si cogíamos algo, hacíamos un fuego en la isla y freíamos el pescado en una sartén para comer. No hay pescado más rico en el mundo que el bacalao absolutamente fresco.
¿Qué usabais como cebo, abuela, cuando ibais de pesca?
Mejillones —dijo—. Todo el mundo usa mejillones como cebo en Noruega. Y si no pescábamos nada, hervíamos los mejillones en una olla y nos los comíamos.
—¿Estaban buenos?
Deliciosos —dijo—. Los cocíamos en agua de mar y quedaban tiernos y salados.
—¿Qué más hacíais, abuela?
Remábamos mar adentro y saludábamos con la mano a los pescadores de gambas que volvían a casa, y ellos nos daban un puñado de gambas a cada uno. Las gambas estaban aún tibias, recién cocidas, y nos sentábamos en el bote, pelándolas y devorándolas. La cabeza era lo más rico.
—¿La cabeza?
Aprietas la cabeza entre los dientes y chupas lo de dentro. Está riquísimo. Tú y yo haremos todas esas cosas este verano, cielo —dijo.
Abuela, no puedo esperar. Sencillamente, no puedo esperar más para ir allí.
—Ni yo —dijo ella.
Cuando sólo faltaban tres semanas para el final de curso, sucedió algo espantoso. Mi abuela cogió una pulmonía. Se puso muy enferma, y una enfermera diplomada vino a nuestra casa para cuidarla. El médico me explicó que la pulmonía, generalmente, no es una enfermedad grave hoy en día, pero cuando una persona tiene más de ochenta años, como mi abuela, entonces sí que es muy grave. Dijo que ni siquiera se atrevía a trasladarla a un hospital en ese estado, así que la dejaron en su habitación y yo paseaba por delante de la puerta, viendo cómo le entraban bombonas de oxígeno y otras cosas horribles.
—¿Puedo entrar a verla? —pregunté.
No, guapo —dijo la enfermera—. Por ahora, no.
La señora Spring, una mujer gorda y alegre, que venía a limpiar todos los días, se instaló también en casa. La señora Spring se ocupaba de mí y me hacía las comidas. Me caía muy bien, pero no se podía comparar con mi abuela para contar historias.
Una noche, unos diez días después, el médico vino a decirme:
—Ya puedes entrar a verla, pero sólo un ratito. Ha preguntado por ti.
Subí las escaleras volando, entré en el cuarto de mi abuela como un ciclón y me arrojé en sus brazos.
Eh, eh —dijo la enfermera—. Ten cuidado.
—¿Vas a estar bien ya, abuela? —pregunté.
Ya ha pasado lo peor —dijo ella—. Pronto me levantaré.
—¿Sí? —le dije a la enfermera.
Claro que sí —contestó, sonriendo—. Nos dijo que no tenía más remedio que ponerse buena porque tenía que ocuparse de ti.
Le di otro abrazo a la abuela.
No me dejan fumar un puro —dijo ella—. Pero ya verás cuando se vayan.
Es un pájaro duro de roer —dijo la enfermera—. Dentro de una semana estará levantada.
La enfermera tenía razón. Antes de una semana, mi abuela estaba moviéndose por la casa con su bastón de puño de oro, y metiéndose con los guisos de la señora Spring.
Le agradezco muchísimo todo lo que nos ha ayudado, señora Spring —le dijo—, pero ya puede usted marcharse a su casa.
No, señora, no puedo. El médico me dijo que me encargara de que usted descansara durante los próximos días.
El médico dijo algo más. Fue como si hubiera dejado caer una bomba sobre la abuela y sobre mí, cuando nos dijo que, bajo ningún concepto, debíamos correr el riesgo de viajar a Noruega ese verano.
¡Bobadas! —gritó la abuela—. ¡Le he prometido que iríamos!
Es demasiado lejos —dijo el médico—. Sería muy peligroso. Pero le diré lo que sí puede usted hacer. Puede llevarse a su nieto a un buen hotel de la costa sur de Inglaterra. El aire de mar es exactamente lo que usted necesita.
—¡Oh, no! —dije.
¿Quieres que tu abuela se muera? —me preguntó el médico.
—¡Nunca! —dije.
Entonces no la dejes hacer un viaje largo este verano. Todavía no está lo bastante fuerte para eso. Y no le permitas fumar esos asquerosos puros negros.
Al final, el médico se salió con la suya respecto a las vacaciones, pero no respecto a los puros. Reservamos habitaciones en un lugar llamado Hotel Magnífico, en Bournemouth, la famosa ciudad de verano. Bournemouth, me dijo mi abuela, estaba lleno de viejos como ella. Se iban allí a miles, cuando se retiraban, porque el aire era tan sano y vigorizante que, eso creían ellos, les mantenía vivos unos años más.
—¿Y es así? —pregunté.
Claro que no —dijo ella—. Es una tontería. Pero, por una vez, creo que debemos obedecer al médico.
Poco después, la abuela y yo tomamos el tren a Bournemouth y nos instalamos en el hotel Magnífico. Era un enorme edificio blanco en primera línea de playa y me pareció un sitio aburridísimo para pasar el verano. Yo tenía mi propia habitación, pero había una puerta que comunicaba con la de mi abuela, así que podíamos visitarnos sin salir al pasillo.
Justo antes de irnos a Bournemouth, mi abuela me había regalado, como premio de consolación, dos ratones blancos en una cajita y, naturalmente, me los llevé al hotel. Eran divertidísimos, los ratones aquellos. Les llamé Guiller y Mary y me puse en seguida a enseñarles trucos. El primer truco que les enseñé fue a subir por dentro de la manga de mi chaqueta y salir por mi cuello. Luego les enseñé a trepar por mi cogote hasta lo alto de mi cabeza. Lo conseguía poniéndome migas en el pelo.
La primera mañana después de nuestra llegada al hotel, la camarera estaba haciendo mi cama cuando uno de mis ratones asomó la cabeza por entre las sábanas. La camarera lanzó un chillido que hizo venir corriendo a una docena de personas para ver a quién estaban matando. Informaron al director del hotel. Y, a continuación, hubo una desagradable escena entre el director, mi abuela y yo, en el despacho de éste.
El director, cuyo nombre era señor Stringer, era un hombre con el pelo tieso y vestido con un frac negro.
No puedo Permitir ratones en mi hotel señora—le dijo a mi abuela.
¿Cómo se atreve a decir eso cuando su asqueroso hotel está lleno de ratas? -gritó ella.
¡Ratas! —chilló el señor Stringer, poniéndose morado—. ¡En este hotel no hay ratas!
—He visto una esta misma mañana —dijo mi abuela—. Iba corriendo por el pasillo y entró en la cocina.
¡Eso no es verdad! —gritó el señor Stringer.
Más vale que llame usted al desratizador en seguida —dijo ella—, antes de que yo informe a las autoridades de Sanidad. Sospecho que hay ratas correteando por toda la cocina y robando la comida de las estanterías y saltando en el puchero de la sopa.
—¡Nunca! —aulló el señor Stringer.
No me extraña que esta mañana la tostada de mi desayuno estuviera roída por los bordes —continuó mi abuela, implacable—. No me extraña que tuviera un desagradable olor ratonil. Si no tiene usted cuidado, los de Sanidad van a ordenarle que cierre todo el hotel antes de que todo el mundo coja fiebres tifoideas.
No hablará usted en serio, señora —dijo el señor Stringer.
No he hablado más en serio en mi vida —dijo mi abuela—. ¿Va usted a permitir que mi nieto tenga sus ratoncitos blancos en su cuarto o no?
El director comprendió que estaba derrotado.
¿Puedo proponer un compromiso, señora? —dijo—. Le permitiré tenerlos en su cuarto siempre que no los deje salir nunca de la caja. ¿De acuerdo?
Eso nos parece muy bien —dijo mi abuela, se levantó y salió de la habitación mientras yo la seguía.
No hay manera de amaestrar a unos ratones dentro de una caja. Sin embargo, no me atrevía a dejarles salir, porque la camarera me espiaba continuamente. Tenía llave de mi puerta y no hacía más que entrar de repente a todas horas, tratando de pillarme con los ratones fuera de la caja. Me dijo que al primer ratón que no cumpliera las normas, el portero lo ahogaría en un cubo.
Decidí buscar un lugar más seguro donde pudiera continuar amaestrándolos. Debía de haber alguna habitación vacía en aquel enorme hotel. Me metí un ratón en cada bolsillo de los pantalones y bajé las escaleras en busca de un lugar secreto.
La planta baja del hotel era un laberinto de salones, todos con un nombre en letras doradas sobre la puerta. Pasé por «La Antesala», «El Salón de Fumadores», «El Salón de Juego», «El Salón de Lectura» y «La Sala». Ninguno de ellos estaba vacío. Seguí por un pasillo largo y ancho y al final me encontré con «El Salón de Baile». Tenía unas puertas dobles y delante de ellas había un gran cartel sobre un caballete. El cartel decía:
CONGRESO DE LA RSPCN
PROHIBIDA LA ENTRADA
ESTE SALÓN ESTA RESERVADO
PARA EL CONGRESO ANUAL
DE
LA REAL SOCIEDAD
PARA LA PREVENCIÓN
DE LA CRUELDAD CON LOS NIÑOS

Las dobles puertas del salón estaban abiertas. Me asomé. Era un salón inmenso. Había filas y filas de sillas de cara a una tarima. Las sillas estaban pintadas en dorado y tenían pequeños cojines rojos en los asientos. Pero no había ni un alma a la vista.
Me colé cautelosamente en el salón. Era un lugar precioso, secreto y silencioso. El congreso de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños debía de haberse celebrado más temprano y ya todos se habían ido. Aunque no fuera así, aunque aparecieran todos de pronto, tenían que ser gente maravillosamente amable, que mirarían con aprecio a un joven domador de ratones dedicado a su trabajo.
En la parte de atrás del salón había un gran biombo plegable con dragones chinos pintados. Decidí, solamente para estar seguro, ponerme detrás del biombo y hacer allí el entrenamiento. La gente de la Prevención de la Crueldad con los Niños no me daba ni pizca de miedo, pero había una posibilidad de que al señor Stringer, el director, se le ocurriera asomar la cabeza por allí. Si lo hacía y veía a los ratones, los pobrecitos acabarían en el cubo del portero antes de que yo hubiera podido gritar no.
Me dirigí de puntillas al fondo del salón y me instalé sobre la gruesa alfombra verde, detrás del biombo. ¡Qué sitio tan sensacional! ¡Ideal para amaestrar ratones! Saqué a Guiller y a Mary de mis bolsillos. Se sentaron a mi lado en la alfombra, tranquilos y correctos.
El truco que iba a enseñarles hoy era el de andar en la cuerda floja. No es tan difícil enseñar a un ratón inteligente a andar sobre la cuerda floja como un experto, siempre y cuando sepas exactamente cómo hay que hacerlo. Primero, hay que tener un trozo de cuerda. Yo lo tenía. Luego, hay que tener un poco de bizcocho bueno. La comida favorita de los ratones blancos es un buen bizcocho con pasas. Se vuelven locos por él. Yo había traído un bizcocho que me había guardado en el bolsillo el día anterior, cuando estaba merendando con mi abuela.
Así es como se hace. Sostienes la cuerda tirante entre las dos manos, pero empiezas poniéndola muy corta, sólo de unos siete centímetros. Te pones al ratón en la mano derecha y un pedacito de bizcocho en la mano izquierda. Por lo tanto, el ratón está solamente a siete centímetros del bizcocho. Puede verlo y oler lo. Sus bigotes se estremecen por la excitación. Casi puede alcanzar el bizcocho inclinándose hacia delante, pero no llega del todo. Únicamente tiene que dar dos pasitos para alcanzar su sabroso manjar. Se aventura hacia delante, una patita en la cuerda, después la otra. Si el ratón tiene un buen sentido del equilibrio, y la mayoría lo tienen, cruzará fácilmente. Empecé con Guiller. Caminó por la cuerda sin un instante de vacilación.

Le dejé dar un mordisquito del bizcocho para estimular su apetito. Luego le volví a poner en mi mano derecha.
Esta vez alargué la cuerda. La puse de unos catorce centímetros. Guiller supo lo que tenía que hacer. Con un excelente equilibrio, recorrió la cuerda paso a paso hasta que llegó al bizcocho. Le recompensé con otro mordisquito.
Muy pronto, Guiller caminaba por una cuerda floja (o mejor dicho, un cordel flojo) de sesenta centímetros de largo, de una mano a la otra, para alcanzar su bizcocho. Era fantástico observarle. El estaba disfrutando una barbaridad. Yo tenía cuidado de sostener la cuerda cerca de la alfombra para que, si perdía el equilibrio, no se hiciera daño al caer. Pero nunca se cayó. Evidentemente, Guiller era un acróbata natural, un gran ratón acrobático.
Ahora le tocaba a Mary. Dejé a Guiller en la alfombra, a mi lado, y le premié con unas cuantas migas más y una pasa. Luego empecé a seguir el mismo procedimiento con Mary. Mi ciega ambición, ¿sabes?, el sueño de toda mi vida, era llegar a ser algún día el propietario de un Circo de Ratones Blancos. Tendría un pequeño escenario con un telón rojo, y cuando se descorriera el telón, el público vería a mis mundialmente famosos ratones amaestrados haciendo toda clase de cosas: andando por la cuerda floja, lanzándose desde un trapecio, dando volteretas en el aire, saltando sobre un trampolín y todo lo demás. Tendría ratones blancos montados en ratas blancas, mientras éstas galopaban furiosamente dando vueltas a la pista. Estaba empezando a imaginarme viajando en primera clase por el mundo entero con mi Famoso Circo de Ratones Blancos, y actuando ante todas las cabezas coronadas en Europa.
El entrenamiento de Mary estaba a medias cuando, de repente, oí voces fuera de la puerta del Salón de Baile. El sonido se hacía más fuerte, crecía en un gran parloteo de palabras provenientes de muchas gargantas. Reconocí la voz del espantoso director del hotel.
¡Socorro!, pensé.
Menos mal que estaba el enorme biombo.
Me agaché detrás y miré por la rendija entre dos hojas del biombo. Podía ver a lo ancho y a lo largo del salón sin que nadie me viera a mí.
Bien, señoras, estoy seguro de que se encontrarán ustedes muy cómodas aquí —decía la voz del señor Stringer.
Entonces entró por las dobles puertas, con su frac negro y los brazos extendidos, guiando a un gran rebaño de señoras.
Si hay algo que podamos hacer por ustedes, no vacilen en avisarme —continuó—. El té se les servirá en la Terraza Soleada, cuando hayan terminado su reunión.
Con esas palabras, se inclinó y se retiró del salón, mientras iba entrando una enorme manada de señoras pertenecientes a la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños. Llevaban vestidos bonitos y todas tenían un sombrero en la cabeza.