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viernes, 16 de diciembre de 2011

El descubrimiento de la música


En Navidad se regaló un tocadiscos. Lo sacó del paquete, lo colocó al pie del árbol y puso con gesto solemne el primer disco. Ahora pasaba noches enteras cómodamente instalado en la sala escuchando música. Y poco a poco tuvo la sensación de que aquellos compositores, muertos desde hacía mucho tiempo, volvían a vivir y eran sus mejores amigos. Oír su música y responderles con el pensamiento era como mantener una conversación.
En el trabajo, silbaba bajito las melodías que le habían quedado grabadas. Para Elisa de Beethoven o El amor brujo de Falla. Incluso podía silbar de memoria una ópera. Y no era cosa fácil, porque únicamente podía silbar una voz y tenía que imaginarse las restantes.
Cuando los músicos ya le fueron familiares, arrancó el papel de la pared y escribió en el dorso una nueva lista: Alberti, Cervantes, García Márquez, Valle-Inclán, Lope de Vega, Neruda, Proust, Quevedo, Shakesperare.
La clavó en el mismo punto de la pared. Después fue a la Biblioteca Municipal, y se inscribió para poder llevarse prestados los libros de estos escritores.

Extracto del libro: "El señor todo azul: abrillantador de placas callejeras", Mónika Feth. Editorial Lumen.

El señor Todoazul, abrillantador de placas callejeras, es el mejor de la tropa de limpieza de la ciudad. Es un hombre feliz que cree que no le falta de nada. Hasta que un día, perplejo, se da cuenta de que no sabe nada de los nombres de los músicos y los escritores de las placas que con tanto esmero abrillanta, así que decide investigar...

miércoles, 14 de diciembre de 2011

ESPECIAL NAVIDAD: Cuento de Navidad

No podía faltar. Es un libro que tiene de todo: Un personaje cruel, avaro y desalmado, fantasmas, dinero, cementerios, visiones del pasado y el futuro, buenos y malos sentimientos, muerte, pena, arrepentimiento, familia y Navidad, mucha Navidad. Es una de las lecturas con más fantasía de la historia. Hay que leerla. Al menos una vez al año.
A Christmas Carol, de Charles Dickens
(extracto del libro)

Era una figura extraña..., como un niño; aunque, más que un niño, parecía un anciano, visto a través de un medio sobrenatural, que le daba la apariencia de haberse alejado de la vista y disminuido hasta las proporciones de un niño. Su cabello, que le colgaba alrededor del cuello y por la espalda, era blanco como el de los ancianos pero la cara no tenía ni una arruga, y la piel era delicadísima. Los brazos eran muy largos y musculosos, y lo mismo las manos, como si fueran extraordinariamente fuertes. Las piernas y los pies, que eran perfectos, los llevaba desnudos, como los miembros superiores. Vestía una túnica del blanco más puro y le ceñía la cintura una luciente faja de hermoso brillo. Empuñaba una rama fresca de verde acebo y, contrastando singularmente con este emblema del invierno, llevaba el vestido salpicado de flores estivales. Pero lo más extraño de él era que de lo alto de su cabeza brotaba un surtidor de brillante luz clara, que todo lo hacía visible; y para ciertos momentos en que no fuese oportuno hacer uso de él, llevaba un gran apagador en forma de gorro, que entonces tenía bajo el brazo.

Y aun esto no le pareció a Scrooge, al mirarle con creciente curiosidad, su cualidad más extraña, sino que su cinturón brillaba lanzando destellos tan pronto en una parte como en otra. y lo que un instante era luz, se hacía de pronto obscuridad, y así la figura misma fluctuaba en su claridad, siendo ora una cosa con un brazo, ora con una pierna, ora con veinte piernas, ora dos piernas sin cabeza, ora una cabeza sin cuerpo, y de las partes que se desvanecían, ningún perfil podía distinguirse en medio de la densa oscuridad en que se fundían, y después de tal maravilla, volvía a ser él mismo, con toda la claridad anterior.

-¿Sois, señor, el Espíritu cuya venida me han predicho? -preguntó Scrooge.

-Lo soy.

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