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viernes, 30 de noviembre de 2012

Una puerta a fantasía.

Del libro "Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas"
No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.
Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.
Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecia un pozo muy profundo.
O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después.

lunes, 19 de marzo de 2012

Cada día me gustan más

Sin la lectura no seríamos lo que somos, no seríamos humanos. Necesitamos palabras, poesía sobre todo, para humanizarnos. Los libros forman parte de la vida, son uno de los componentes esenciales de la vida, del mismo modo que lo son la amistad, el amor, la ternura, la alegría, los negocios... y todo lo que contribuye al hecho de que la vida sea más agradable y fácil y comprensible y digna de ser vivida. En definitiva, una vida sin libros sería tan impensable como una vida sin amistad, sin amor, sin ternura, sin alegrías, sin negocios... Porque los libros no son nada más que los depositarios de todas esas cosas y sin libros los humanos nos quedaríamos sin memoria, sin historia, sin palabras o como mínimo con una pobreza de expresión que convertiría nuestro vivir y la vida de nuestros pensamientos en una labor más difícil, sin ningún tipo de experiencia de los demás ni ningún espejo interior; seríamos unos perfectos desconocidos para nosotros mismos.
Del libro "La lectura y la vida".
Por Emili Teixidor

viernes, 13 de enero de 2012

La aventura de vivir


Todos los años deberían comenzar con un sólo propósito: vivir la vida lo mejor posible. Desde la biblioteca del capitán Nemo queremos contribuir a ese objetivo. En este comienzo de año vamos a ocuparnos de un tema maravilloso y muy apropiado: La aventura. Así, en el sentido clásico de la palabra, AVENTURA. Viajes, descubrimientos, conquistas, expediciones, secretos, y libros, muchos libros. 
Es raro el aventurero que no ha llevado un libro como compañero de viaje. Muchas veces los libros eran un refugio en los malos momentos, como para Arturo Pérez Reverte cuando, siendo corresponsal de guerra, las balas zumbaban a su alrededor mientras en un rincón leía, otras como fuente de inspiración, es el caso del descubridor de Troya. En otros casos los libros van igual de vacíos que sus dueños y terminan naciendo en el mismo viaje, es el caso de los cuadernos de notas, de acuarelas, de comentarios, que luego se transforman en un libro que nos permite a los demás hacer también ese viaje y vivir también esa aventura. Leer es una de las mayores aventuras posibles. Vamos a hablar de libros. Vamos a vivir aventuras.

Para abrir boca vamos a darnos un paseo por el mundo (atento, sale alguna que otra librería).


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Una tradición navideña

Leer es una de las mejores cosas que puedes hacer en Navidad. Desde el propio relato del nacimiento de Jesús hasta cualquier otro libro con el que pasar un rato de tranquilidad. La Navidad debería ser más interior que exterior pero desgraciadamente a veces se queda en un tiempo de prisas y cosas. Dedicar un tiempo a leer puede devolvernos la serenidad perdida en el ajetreo de las fiestas. Apaga la tele y lee un cuento, aunque tengas muchos años y seas muy adulto. Leer cuentos nos transporta a lugares más felices y puede que en ellos encontremos lo que con tanto esfuerzo buscamos. Aquí te dejo unas cuantas recomendaciones (sin ánimo de lucro, esto no es ninguna editorial), si quieres puedes dejarnos la tuya.
  • Harún y el mar de las historias, de Salman Rushdie.
  • El viento en los sauces, de Kenneth Grahame.
  • Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
  • El árbol rojo, de Shaun Tan.
  • El hobbit, de J. R. R. Tolkien.
  • ...
  • Lourdes recomienda: Mujercitas, de Louisa May Alcott.

lunes, 17 de octubre de 2011

Pasea la vista por booklandia

He encontrado esta página en la web: http://booklandia.tumblr.com/. Como veis se llama booklandia. Es un paseo visual por esos rincones donde viven, se amontonan, nos esperan, y un sin fin de cosas más, nuestros queridos libros. Echad un vistazo, es muy bonito, además nos introduce en otro bello arte; el de la fotografía.


Os dejo una selección de algunas fotos que me han gustado:









viernes, 30 de septiembre de 2011

Las brujas: Capítulo 2


 Mi abuela
Yo mismo tuve dos encuentros distintos con brujas antes de cumplir los ocho años. Del primero escapé sin daño, pero en la segunda ocasión no tuve tanta suerte. Me sucedieron cosas que seguramente te harán gritar cuando las leas. No puedo remediarlo. Hay que contar la verdad. El hecho de que aún esté aquí y pueda contártelo (por muy raro que sea mi aspecto) se debe enteramente a mi maravillosa abuela.
Mi abuela era noruega. Los noruegos lo saben todo sobre las brujas, porque Noruega, con sus oscuros bosques y sus heladas montañas, es el país de donde vinieron las primeras brujas. Mi padre y mi madre también eran noruegos, pero como mi padre tenía un negocio en Inglaterra, yo había nacido y vivido allí, y había empezado a ir a un colegio inglés. Dos veces al año, en Navidad y en el verano, volvíamos a Noruega para visitar a mi abuela. Esta anciana, que yo supiera, era casi el único pariente vivo que teníamos en ambas ramas de la familia. Era la madre de mi madre y yo la adoraba. Cuando ella y yo estábamos juntos hablábamos indistintamente en noruego o en inglés. Los dos dominábamos por igual ambos idiomas. Tengo que admitir que yo me sentía más unido a ella que a mi madre.
Poco después de que yo cumpliera los siete años, mis padres me llevaron, como siempre, a pasar la Navidades con mi abuela en Noruega. Y allí fue donde, yendo mi padre, mi madre y yo por una carretera al norte de Oslo, con un tiempo helado, nuestro coche patinó y cayó dando vueltas por un barranco rocoso. Mis padres se mataron. Yo iba bien sujeto en el asiento de atrás y sólo recibí un corte en la frente.
No hablaré de los horrores de aquella espantosa tarde. Todavía me estremezco cuando pienso en ella. Yo acabé, como es natural, en casa de mi abuela, con sus brazos rodeándome y estrechándome, y los dos nos pasamos la noche entera llorando.
¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté entre lágrimas.
Te quedarás aquí conmigo y yo te cuidaré—dijo ella.
—¿No voy a volver a Inglaterra?
No —dijo ella—. Yo nunca podría hacer eso. Dios se llevará mi alma, pero Noruega conservará mis huesos.
Al día siguiente, para que los dos intentásemos olvidar nuestra gran tristeza, mi abuela se puso a contarme historias. Era una estupenda narradora y yo estaba fascinado por todo lo que me contaba. Pero no me excité de verdad hasta que sacó el tema de las brujas. Al parecer, era una gran experta en estos seres y dejó bien claro que sus historias de brujas, a diferencia de la mayoría de las que contaban otras personas, no eran cuentos imaginarios. Eran todos verdad. Eran la pura verdad. Eran historia auténtica. Todo lo que me contaba sobre brujas había sucedido realmente y más me valía creerlo. Y lo que era peor, lo que era mucho, mucho peor, era que las brujas aún estaban aquí. Estaban por todas partes y más me valía creerme eso también.
¿Realmente me estás diciendo la verdad, abuela? ¿La verdad verdadera?
Cariño mío —dijo—, no durarás mucho en este mundo si no sabes reconocer a una bruja cuando la veas.
Pero tú me has dicho que las brujas parecen mujeres corrientes, abuela. Así que, ¿cómo puedo reconocerlas?
Debes escucharme —dijo mi abuela—. Debes recordar todo lo que te diga. Luego, solamente puedes hacer la señal de la cruz sobre tu corazón, rezar y confiar en la suerte.
Estábamos en el cuarto de estar de su casa de Oslo y yo estaba preparado para irme a la cama. Las cortinas de esa casa nunca estaban echadas y, a través de las ventanas, yo veía enormes copos de nieve que caían lentamente sobre un mundo exterior tan negro como la pez. Mi abuela era terriblemente vieja, estaba muy arrugada y tenía un cuerpo enorme, envuelto en encaje gris. Estaba allí sentada, majestuosa, llenando cada centímetro de su sillón. Ni siquiera un ratón hubiera cabido a su lado. Yo, con mis siete años recién cumplidos, estaba acurrucado a sus pies, vestido con un pijama, una bata y zapatillas.
¿Me juras que no me estás tomando el pelo? —insistía yo—. ¿Me juras que no estás fingiendo?
Escucha —dijo ella—, he conocido por lo menos cinco niños que, sencillamente, desaparecieron de la faz de la tierra y nunca se les volvió a ver. Las brujas se los llevaron.
Sigo pensando que sólo estás tratando de asustarme —dije yo.
Estoy tratando de asegurarme de que a ti no te pase lo mismo —dijo—. Te quiero y deseo que te quedes conmigo.
—Cuéntame lo que les pasó a los niños que desaparecieron —dije.
Mi abuela era la única abuela que yo haya conocido que fumaba puros. Ahora encendió un puro largo y negro, que olía a goma quemada.
La primera niña que yo conocía que desapareció fue Ranghild Hansen. Por entonces, Ranghild tenía unos ocho años y estaba jugando con su hermanita en el césped. Su madre, que estaba haciendo el pan en la cocina, salió a tomar un poco el aire y preguntó: «¿Dónde está Ranghild?» «Se fue con la señora alta», contestó la hermanita. «¿Qué señora alta?», dijo la madre. «La señora alta de los guantes blancos», dijo la hermanita. «Cogió a Ranghild de la mano y se la llevó.»
»—Nadie volvió a ver a Ranghild —añadió mi abuela.
—¿No la buscaron? —pregunté.
La buscaron en muchos kilómetros a la redonda. Todos los habitantes del pueblo ayudaron en la búsqueda, pero nunca la encontraron.
¿Qué les sucedió a los otros cuatro niños? —pregunté.
—Se esfumaron igual que Ranghild.
—¿Cómo, abuela? ¿Cómo se esfumaron?
En todos los casos, alguien había visto a una señora extraña cerca de la casa, justo antes de que sucediera.
—Pero, ¿cómo desaparecieron?
El segundo caso fue muy raro —dijo mi abuela—. Había una familia llamada Christiansen. Vivían en Holmenkollen y tenían un cuadro al óleo en el cuarto de estar, del cual estaban muy orgullosos. En el cuadro se veía a unos patos en el patio de una granja. No había ninguna persona en el cuadro, sólo una bandada de patos en un patio con hierba y la granja al fondo. Era un cuadro grande y bastante bonito. Bueno, pues un día, su hija Solveg vino del colegio comiendo una manzana. Dijo que una señora muy simpática se la había dado en la calle. A la mañana siguiente, la pequeña Solveg no estaba en su cama. Los padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarla. Entonces, de repente, su padre gritó: «¡Allí está! ¡Esa es Solveg! ¡Está dando de comer a los patos!» Señalaba el cuadro y, efectivamente, Solveg estaba allí. Estaba de pie en el patio, con un cubo en la mano, echándoles pan a los patos. El padre corrió hasta el cuadro y la tocó. Pero eso no sirvió de nada. Simplemente formaba parte del cuadro, era sólo una imagen pintada en el lienzo.
¿Tú viste alguna vez ese cuadro, abuela, con la niña?
Muchas veces —dijo mi abuela—. Y lo curioso es que la pequeña Solveg cambiaba a menudo de posición dentro del cuadro. Un día estaba dentro de la granja y se veía su cara asomada a la ventana. Otro día, a la izquierda, sosteniendo un pato entre los brazos.
¿La viste moviéndose dentro del cuadro, abuela?
Nadie la vio moverse. Tanto si estaba fuera, dando de comer a los patos, como si estaba dentro, mirando por la ventana, siempre estaba inmóvil, era sólo una figura pintada al óleo. Era todo muy raro —dijo mi abuela—. Rarísimo. Y lo más raro de todo era que, a medida que pasaban los años, ella se iba haciendo mayor en el cuadro. Al cabo de diez años, la niña se había convertido en una chica joven. Al cabo de treinta años, era una mujer madura. Luego, de repente, cincuenta y cuatro años después de lo sucedido, desapareció del cuadro para siempre.
—¿Quieres decir que se murió? —dije.
¿Quién sabe? —dijo mi abuela—. En el mundo de las brujas pasan cosas muy misteriosas.
Me has hablado de dos —dije—. ¿Qué le pasó al tercero?
El tercero era la pequeña Birgit Svenson —dijo mi abuela—. Vivía justo enfrente de nosotros. Un día empezaron a salirle plumas por todo el cuerpo. Al cabo de un mes, se había convertido en una gallina grande y blanca. Sus padres la tuvieron en un corral en el jardín durante muchos años. Incluso ponía huevos.
¿De qué color eran los huevos? —pregunté.
Huevos morenos —dijo mi abuela—. Los huevos más grandes que he visto en mi vida. Su madre hacía tortillas con ellos. Y estaban deliciosas.
Me quedé mirando a la abuela, allí sentada como una reina antigua en su trono. Sus ojos eran grises y parecían mirar algo a muchos kilómetros de distancia. Su puro era la única cosa que parecía real en ese momento, y el humo que salía de él formaba nubes azules alrededor de su cabeza.
Pero la niña que se volvió gallina ¿no desapareció? —dije.
No, Birgit no. Siguió viviendo y poniendo huevos morenos durante muchos años.
—Tú dijiste que todos desaparecieron.
Me equivoqué —dijo ella—. Me estoy haciendo vieja. No puedo recordarlo todo.
—¿Qué le pasó al cuarto niño? —pregunté.
El cuarto era un chico que se llamaba Harald —dijo mi abuela—. Una mañana se le puso toda la piel de un tono gris amarillento. Luego se le volvió dura y rugosa, como una cáscara de nuez. Por la noche, el chico se había convertido en piedra.
¿En piedra? —pregunté—. ¿Quieres decir en piedra de verdad?
En granito —dijo ella—. Te llevaré a verle, si quieres. Todavía lo tienen en su casa. Está en el recibidor, es una pequeña estatua de piedra. Las visitas dejan sus paraguas apoyados en él.
Aunque yo era muy pequeño, no estaba dispuesto a creerme todo lo que me contara mi abuela. Sin embargo, hablaba con tanta convicción, con tan absoluta seriedad, sin una sonrisa en los labios ni un destello en la mirada, que yo me encontré empezando a dudar.
Sigue, abuela —dije—. Me has dicho que hubo cinco en total. ¿Qué le pasó al último?
¿Quieres dar una calada a mi puro? —dijo ella.
—Sólo tengo siete años, abuela.
Me da igual la edad que tengas —dijo—. Nunca te cogerás un catarro si fumas puros.
—¿Qué le pasó al quinto, abuela?
El quinto —dijo, mascando el extremo del puro como si fuera un delicioso espárrago— fue un caso muy interesante. Un niño de nueve años que se llamaba Leif estaba de veraneo con su familia en un fiordo, y toda la familia estaba nadando y tirándose desde las rocas en una de esas islitas que hay allí. El pequeño Leif se sumergió en el agua y su padre, que le estaba observando, notó que tardaba demasiado en salir. Cuando, por fin, salió a la superficie, ya no era Leif.
—¿Qué era, abuela?
—Era una marsopa.
—¡No! ¡No puede ser!
Era una marsopa joven, muy bonita y la mar de cariñosa.
—Abuela —dije.
—¿Sí, rico mío?
¿De verdad, de verdad se convirtió en una marsopa?
Absolutamente de verdad —dijo ella—. Yo conocía muy bien a su madre. Ella me lo contó todo. Me contó que Leif, la Marsopa, se quedó con ellos toda la tarde y que llevó a sus hermanos y hermanas montados en su lomo y ellos lo pasaron estupendamente. Luego les saludó agitando una aleta y se alejó nadando, y nunca más lo volvieron a ver.
Pero, abuela —dije—, ¿cómo supieron que la marsopa era Leif en realidad?
El les habló —dijo mi abuela—. Rió y bromeó con ellos todo el rato que estuvo paseando a sus hermanos.
—Pero, ¿no se armó un jaleo espantoso cuando sucedió eso? —pregunté.
No mucho —dijo mi abuela—. Recuerda que aquí, en Noruega, estamos acostumbrados a estas cosas. Hay brujas por todas partes. Es probable que haya una viviendo en nuestra calle en este mismo momento. Bueno, es hora de que te vayas a la cama.
No entrará una bruja por mi ventana durante la noche, ¿verdad? —pregunté, un poco tembloroso.
No —dijo mi abuela—. Una bruja nunca haría la tontería de trepar por las cañerías y entrar en casa de alguien. Estarás completamente a salvo en tu cama. Vamos. Yo te arroparé.

Próximo capítulo: Cómo reconocer a una bruja.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Las brujas, Roald Dahl

UNA NOTA SOBRE LAS BRUJAS

En los cuentos de hadas, las brujas llevan siempre unos sombreros negros ridículos y capas negras y van montadas en el palo de una escoba.
Pero éste no es un cuento de hadas. Este trata de BRUJAS DE VERDAD.
Lo más importante que debes aprender sobre las BRUJAS DE VERDAD es lo siguiente. Escucha con mucho cuidado. No olvides nunca lo que viene a continuación.
Las BRUJAS DE VERDAD visten ropa normal y tienen un aspecto muy parecido al de las mujeres normales. Viven en casas normales y hacen TRABAJOS NORMALES.
Por eso son tan difíciles de atrapar.
Una BRUJA DE VERDAD odia a los niños con un odio candente e hirviente, más hirviente y candente que ningún odio que te puedas imaginar.
Una BRUJA DE VERDAD se pasa todo el tiempo tramando planes para deshacerse de los niños de su territorio. Su pasión es eliminarlos, uno por uno. Esa es la única cosa en la que piensa durante todo el día. Aunque esté trabajando de cajera en un supermercado, o escribiendo cartas a máquina para un hombre de negocios, o conduciendo un coche de lujo (y puede hacer cualquiera de estas cosas), su mente estará siempre tramando y maquinando, bullendo y rebullendo, silbando y zumbando, llena de sanguinarias ideas criminales.
«¿A qué niño», se dice a sí misma durante todo el día, «a qué niño escogeré para mi próximo golpe?».
Una BRUJA DE VERDAD disfruta tanto eliminando a un niño como disfrutas comiéndote un plato de fresas con nata.
Cuenta con eliminar a un niño por semana. Si no lo consigue, se pone de mal humor.
Un niño por semana hacen cincuenta y dos al año.
Espachúrralos, machácalos y hazlos desaparecer.
Ese es el lema de todas las brujas.
Elige cuidadosamente a su víctima. Entonces la bruja acecha al desgraciado niño como un cazador acecha a un pajarito en el bosque.
Pisa suavemente. Se mueve despacio. Se acerca más y más. Luego, finalmente, cuando todo está listo... zass... ¡se lanza sobre su presa! Saltan chispas. Se alzan llamas. Hierve el aceite. Las ratas chillan. La piel se encoge. Y el niño desaparece.
Debes saber que una bruja no golpea a los niños en la cabeza, ni les clava un cuchillo, ni les pega un tiro con una pistola. La policía coge a la gente que hace esas cosas.
A las brujas nunca las cogen. No olvides que las brujas tienen magia en los dedos y un poder diabólico en la sangre. Pueden hacer que las piedras salten como ranas y que lenguas de fuego pasen sobre la superficie del agua.
Estos poderes mágicos son terroríficos.
Afortunadamente, hoy en día no hay un gran número de brujas en el mundo. Pero todavía hay suficientes como para asustarte. En Inglaterra, es probable que haya unas cien en total. En algunos países tienen más, en otros tienen menos. Pero ningún país está enteramente libre de BRUJAS.
Las brujas son siempre mujeres.
No quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos.
Por otra parte, los vampiros siempre son hombres. Y lo mismo ocurre con los duendes. Y los dos son peligrosos. Pero ninguno de los dos es ni la mitad de peligroso que una BRUJA DE VERDAD.
En lo que se refiere a los niños, una BRUJA DE VERDAD es sin duda la más peligrosa de todas las criaturas que viven en la tierra. Lo que la hace doblemente peligrosa es el hecho de que no parece peligrosa. Incluso cuando sepas todos los secretos (te los contaremos dentro de un minuto), nunca podrás estar completamente seguro de si lo que estás viendo es una bruja o una simpática señora. Si un tigre pudiera hacerse pasar por un perrazo con una alegre cola, probablemente te acercarías a él y le darías palmaditas en la cabeza. Y ése sería tu fin.
Lo mismo sucede con las brujas. Todas parecen señoras simpáticas.
Haz el favor de examinar el dibujo que hay bajo estas líneas. ¿Cuál es la bruja? Es una pregunta difícil, pero todos los niños deben intentar contestarla.
Aunque tú no lo sepas, puede que en la casa de al lado viva una bruja ahora mismo.
O quizá fuera una bruja la mujer de los ojos brillantes que se sentó enfrente de ti en el autobús esta mañana.
Pudiera ser una bruja la señora de la sonrisa luminosa que te ofreció un caramelo de una bolsa de papel blanco, en la calle, antes de la comida.
Hasta podría serlo —y esto te hará dar un brinco— hasta podría serlo tu encantadora profesora, la que te está leyendo estas palabras en este mismo momento. Mira con atención a esa profesora. Quizá sonríe ante lo absurdo de semejante posibilidad. No dejes que eso te despiste. Puede formar parte de su astucia.
No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo. Es muy improbable. Pero —y aquí viene el gran «pero»— no es imposible.
Oh, si al menos hubiese una manera de saber con seguridad si una mujer es una bruja o no lo es, entonces podríamos juntarlas a todas y hacerlas picadillo. Por desgracia, no hay ninguna manera de saberlo. Pero sí hay ciertos indicios en los que puedes fijarte, pequeñas manías que todas las brujas tienen en común, y si las conoces, si las recuerdas siempre, puede que a lo mejor consigas librarte de que te eliminen antes de que crezcas mucho más.

Próximo capítulo: “Mi abuela”